La
capacidad de adaptación del ser humano a condiciones diversas y dispares parece
no conocer límite. Hay culturas que administran la austeridad del desierto y
otras que disfrutan la abundancia de las selvas tropicales; tanto las estepas
de las alturas del altiplano boliviano como la diversidad del litoral mexicano
han demostrado ser ambientes adecuados para la creatividad cultural de los
grupos humanos de todos los tiempos. El hombre se adapta a todo, menos al caos
en sus diversas manifestaciones.
Todas las
culturas –particularmente mediante sus sistemas religiosos- han procurado a los
hombres “un mundo en el cual vivir” con sentido. El largo camino de los pueblos
protagonistas del enorme desarrollo cultural que ha tenido lugar en México no
ha sido diferente. Cada uno tuvo su horizonte y su amanecer; ninguno conoció su
ocaso sin haber dejado huella. De modo que, lo que podríamos llamar
“México-2014”, en lo que tiene de fisonomía cultural, está marcado por mil
huellas y tejido por infinitos hilos. Es cierto que, frecuentemente, la
necesidad “administrativa” con que enfrentamos la vida cotidiana nos lleva a
simplificar lo complejo y a unificar lo múltiple para poder manejar el
presente. Pero quienes en lo político o en lo religioso, en lo educativo o en
lo económico, tienen que ver con el servicio, desarrollo y realización
histórica del pueblo mexicano, no pueden permitirse el lujo de olvidar la gran
densidad de su identidad cultural y de los factores que la determinan a modo de
fuerzas que la animan, le dan sentido y la articulan.
Conscientes
de la limitación de los términos, entendemos por “religiosidad popular”
(catolicismo popular), todo el conjunto de creencias y prácticas, rituales y normatividad
ética, cosmovisión y ethos expresados en múltiples sistematizaciones y
construcciones culturales, elaboradas desde el modo peculiar de apropiación de
lo cristiano de las culturas y grupos entendidos y administrados como
marginales desde la cultura oficial y hegemónica. Por tanto la marginalidad (en
su sentido cultural, social e institucional) es un componente esencial y
determinante de esta forma de experiencia cristiana. De este modo el
catolicismo popular se contrapone (al menos conceptualmente) al catolicismo oficial constituido por
todo el sistema doctrinal, ritual, ético y organizacional generado y
administrado desde el centro
institucional. Por ejemplo: el ministro que atiende una parroquia católica
pertenece a la jerarquía oficial; los diversos mayordomos que participan en una
fiesta patronal son funcionarios religiosos pertenecientes a una jerarquía
católica popular. Ambos son parte del campo católico pero sus relaciones son un
juego sutil y, a veces, complicado de autoritarismo, dependencia, autonomía y
libertad.
Sin poder
entrar aquí a un análisis minucioso y argumentado, podemos decir que, en
términos generales, el fenómeno del cristianismo popular se da hasta nuestros
días tanto en la iglesias cristianas orientales como en la Iglesia católica.
También la Iglesia Anglicana, aunque se separó de la órbita de Roma en el siglo
XVI, conservó esta diversificación tal como se había dado durante toda la Edad
Media. Dentro del protestantismo, el cristianismo popular fue severamente depurado tanto por la presencia de los elementos real o
supuestamente supersticiosos como, sobre todo,
por el voluntarismo que animaba la espiritualidad popular.
Posteriormente, en algunas iglesias del protestantismo histórico, se ha
configurado cierta modalidad de cristianismo popular marginal en las prácticas
oficiales. Donde es imposible que surja esta modalidad popular es en los grupos
cristianos definidos, sociológicamente, como sectarios; en ellos el control
férreo de las conciencias y de las prácticas no deja ningún margen para el
pluralismo y la autonomía relativa. Definitivamente, el pobre no está enamorado
de la sociedad que genera su pobreza, y los códigos simbólicos del folklore o
de la religión han sido siempre un instrumento privilegiado para expresar
emocionalmente y ocultar tácticamente los sentimientos de los sectores
populares y de las culturas marginales sin exponerse a la represión. Quitándole
toda connotación de beligerancia (que a veces ha existido), el ámbito del
catolicismo popular ha sido un reducto de liderazgo religioso de los laicos:
juglares que cantaban milagros, curanderos, santones, ermitaños, cofradías,
hermandades, santuarios, peregrinaciones, etc. Todo esto, además de la
saludable tensión intrainstitucional que implica, tiene un mensaje
extrainstitucional muy claro: el pueblo católico ha sabido mantener espacios de
autonomía religiosa que, aunque no han puesto en cuestión su sentido de
pertenencia, no permiten reducirlo a la condición sociológica de “masa” o
“rebaño” por sus pastores.
¡Extraña
y sorprendente condición la nuestra! En el límite de las fuerzas, es el sentido
el que nos puede hacer sobrevivir; y, aún en la abundancia, es la falta de
sentido de la vida lo que la hace miserable y puede encaminar a la muerte. Por
eso los factores generadores de sentido son esenciales para la convivencia
sociocultural.
La
religión, en la historia de las culturas, ha sido el espacio de generación de
sentidos por excelencia. Todas las primeras teorías del sentido del mundo y del
hombre, de la persona y la sociedad, de la vida y la muerte, han surgido en los
alrededores de los templos y en relación con los dioses. Es cierto, que a raíz
de la conquista, el nuevo tiempo cristiano no significó sólo un cambio de
fechas, sino mucho más. Sin duda el cosmos se tambaleó, como lo refleja con
dramático realismo un famoso texto del Chilam Balam de Chumayel. En efecto,
nuevos “señores” reinaron sobre nuevos tiempos. Tlaloc siguió lloviendo y su fuerza se encontró con la de los santos
cristianos que tenían que ver con la agricultura y el sustento cotidiano; el
dios totonaco de la lluvia se transformó en San Juan bautista y continuó
haciendo florecer la agricultura hasta nuestros días.
Por
encima de las divergencias más o menos superficiales, la medicina tradicional
tiene un componente religioso fundamental. Sus especialistas se diferencian de
los médicos “titulados” más por una actitud espiritual que por sus técnicas
curativas. El enfoque holístico e integrados de la religión popular, considera
a las enfermedades, más que como un simple trastorno corporal, como algo que
implica al orden global y compromete a las “potencias” que rigen el mundo y el
destino humano. Desde el nacimiento hasta la conmemoración de los difuntos años
después de su muerte, el pueblo mexicano tiene respuestas rituales para las
diversas crisis y desafíos que la vida plantea.
Todos
estos elementos del catolicismo popular que se han mencionado, aunque tienen
sus raíces en el pasado, conservan su vigencia sociocultural. En el presente,
nos están indicando la persistencia de varias cosmovisiones en este México
entrado de lleno en el siglo XXI. En tal virtud, en el desarrollo cultural de
los últimos 500 años de México, el catolicismo popular ha tenido un
protagonismo singular que frecuentemente ha pasado desapercibido para la
racionalidad moderna de muchos observadores, incluso de no pocos eclesiásticos.
Finalmente,
no hay liderazgo social reconocido y legitimado en los autoritarios y
expoliadores de los bienes y el derecho. A los políticos, principalmente en
tiempos electorales, se les suele pedir más planes y programas que conocimiento
y reconocimiento de la riqueza y complejidad sociocultural de los pueblos que
pretenden conducir.