El poder pluripartidista y la degeneración democrática
Política Nacional | 21/09/2013
Los partidos políticos son el santuario del poder. Han sojuzgado al Estado y lo han convertido en víctima. Amparados en el poder público, han tomado y sometido también a la sociedad y a las masas. No existe sobre la tierra otro poder que se le compare. Acorazados por la legalidad que les otorga la democracia representativa, a la que han modelado a su gusto y transformado en una oligocracia pluripartidista, que ha abandonado al pueblo, donde nacieron, y se han transformado en organizaciones especializadas en la conquista y retención del poder. Su mayor fuerza radica en la organización, en que son un grupo que se enfrenta y domina a individuos solitarios, desinformados, desorganizados y diezmados. Su poder es tan inmenso que han terminado por someter incluso a esferas e instituciones que fueron concebidas para vivir en la independencia, como la sociedad civil, los medios de comunicación, las universidades, las empresas, los sindicatos.
La política del poder ha sustituido a la política de las ideas, lo que impide que la política actúe como instrumento de transformación basado en la razón y la ilusión. Los partidos políticos no son democráticamente fiables y ni siquiera son organizaciones inteligentes y eficaces. Su fuerza y su éxito sólo se explican porque campean por la política sin oposición, porque todos los políticos son amigos independientemente del color de su extracción; porque los ciudadanos, que son sus adversarios naturales, han sido sistemáticamente dispersados y despojados de todo su poder.
Hoy sabemos que la mejor manera de extraer inteligencia de un grupo no es a través de la disciplina y del consenso forzado, sino de la discrepancia, del debate abierto y del libre intercambio de opiniones. Está comprobado que las mejores decisiones colectivas son producto del desacuerdo y de la polémica, no del consenso ni del compromiso. La existencia de opiniones divergentes y discrepantes, en lugar de ser una especie en “extinción” dentro de los partidos, deberían pasar a ser una “especie protegida”.
De lo anterior podemos afirmar que los partidos políticos difícilmente serán colectivos competentes, dado que son organizaciones dedicadas con esmero a las tareas de reducir la diversidad y la discrepancia interna, obtener el consenso, acallar las diferencias, cohesionar el colectivo, promover la lealtad al líder o al grupo e imponer en último caso, la disciplina. Los partidos políticos constituyen el ecosistema perfecto para evitar la propagación de los independientes, disidentes y librepensadores, del juicio propio y de las ideas innovadoras. Los partidos, obsesionados por imponer la imagen de unidad a toda costa, crean el ambiente infértil necesario para garantizar la mediocridad.