Los pocos libros
Cultura | 14/08/2013
     Existe un mexicano desprecio por la lectura. Lo desventuroso no es que ese desprecio por la lectura provenga de los ignorantes que jamás han leído más allá de un par de líneas o de aquellos para los cuales la gran literatura se encuentra en la mesa de novedades del Sanborns, sino de grandes pensadores que nos han legado obras que después de más de veinte siglos aún no perecen en la lastimosa memoria de nuestra cultura. 
Me refiero específicamente a Platón. En uno de sus diálogos, habla de los libros en un tono un tanto despectivo: "¿qué es un libro? Un libro parece, como una pintura, un ser vivo; pero, si le hacemos una pregunta no responde. entonces vemos que está muerto".  Por ello, Platón escribió sus obras en forma de diálogo, para anticipar las dudas y preguntas del lector, y para sumergirlo en una atmósfera donde la letra no es signo muerto, sino potencialidad infinita de significación e interpretación.
     Leyendo a Borges, me quedo mejor con una interpretación poética: "pero podríamos decir también que Platón estaba triste por Sócrates. Después de la muerte de Sócrates, se diría a sí mismo: "¿qué hubiera dicho Sócrates a propósito de esta duda mía?"  Y entonces, para volver la voz de su querido maestro, escribió los diálogos. No se puede negar cierta belleza melancólica en esta interpretación de Borges. Basta imaginar al joven Platón desconsolado tras la muerte de su maestro, escribiendo los diálogos para volver a escuchar su voz.
     Pero regresemos al punto que nos atañe: el libro no es signo muerto, y tan no lo es que podemos decir que es una extensión de nuestra capacidad de seguimiento imaginario, cómo los demás objetos útiles son extensiones de de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación.
     Con ello llegamos al terreno al que deseaba arribar. El libro en sí mismo no está muerto. Más bien duerme en un plácido sueño: las letras despiertan de su suave siesta cuando el agudo lector las interpreta y las hace suyas. El libro, así, se vuelve una extensión de nuestra imaginación y nos restituye a una vida alejada de la monotonía y las experiencias cotidianas. Dicho de otro modo, los grandes libros renuevan nuestra percepción de la realidad y nos hacen reparar en fenómenos que pocas veces capturan nuestra atención o que en su cotidianeidad pierden el encanto de su belleza.
     El capítulo 7 de "Rayuela" de Cortázar nos regala un magnífico ejemplo de esta capacidad liberadora del libro a través de la imaginación: "me miras de cerca, cada vez más cerca, y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio..."
     Por ello no sucumbo ante el pesimismo de los letrados ni de los ignorantes. La cultura de una persona es proporcional a su amor por los libros, a su deseo de llevarse todos los ejemplares que atestan los estantes de una librería, a su deseo renovado por dejar volar su imaginación y sumergirse en un mundo dormido, desconocido, siempre nuevo.

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