Este implacable travesía hacia la desesperación en forma de costumbrista comedia, con ciertas semejanzas a Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2005) o 5 metros cuadrados (Max Lemcke, 2010) -en esa radiografía de hasta qué punto puede quedar minada la autoestima por la falta de horizontes-, ilustra la descomposición no sólo de la amistad -tema de la ya aparecía recogido en los anteriores trabajos del director, muchos protagonizados por de Lira-, a causa de la codicia sino de la propia vida familiar. La película se muestra impecable a la hora de recoger como Suso y Miguel se ven obligados a mentir a sus propias familias, traicionando el que sin duda es el pilar más básico de sus vidas, y en cómo un juego inocente va transformándose en una espiral de cada vez más difícil salida, acrecentándose hasta consecuencias inesperadas -la escena de los vestuarios-. No escapa a esta descomposición ética el cuerpo de policía, en representación al conjunto de instituciones corrompidas por la corrupción, lacra convertida en uno de los principales males que azotan a España. Afortunadamente, en sus fotogramas se hace un llamamiento, ya recogido en ese título que funciona como una auténtica declaración de intenciones, de cómo a pesar de que políticos, banqueros o hasta la propia Monarquía se hayan visto envuelta en casos de dudosa legalidad, aún queda gente honrada. Y que, aún a pesar de cruzar la línea roja, nunca es tarde para enmendarse. Las segundas oportunidades, la reinserción, no tiene por qué ser una quimera.
La opera prima Somos gente honrada se eleva hasta los cielos gracias a un impecable reparto. Todos brillan con luz propia, desde los más veteranos -un contenido Tous, alejado de su histrionismo televisivo, hasta el fantástico Miguel de Lira, incomprensiblemente desconocido para el gran público, pasando por la espectacular Marisol Membrillo, que por fin se le da en cine la oportunidad que merece- hasta los más jóvenes -atención a Unax Ugalde y Manuela Vellés-. A su favor también juega, además del buen empleo del recurso narrativo del silencio -que aquí dice más que las palabras, como revela el fragmento de la confesión en la cocina- su cuidada selección musical, desde la creación de la canción de Estopa, pasando por ese Tú de Umberto Tozzi que anima una de las veladas más reconfortantes y tristes a la vez jamás filmadas en el cine español. Virtudes, todas, que ayudan a conectar con un público que se ve reconocido en lo que le están contando, principalmente el español, gracias a su sentido del humor localista, esa sorna gallega que muchos reconocerán. Y es que, a pesar de que el trasfondo trágico es palpable, el sentido del humor nunca falta en una película que, si bien no llega a provocar la carcajada, sí que mantiene la sonrisa en la boca buena parte de su metraje; una arriesgada peripecia, esta de pasar de la risa al llanto en cuestión de segundos, desde la que el director sale bien parado. Lo único que se le puede reprochar, junto con cierta proclividad del director hacia los primeros planos, es lo que se algunas otras películas piden a gritos: el reducido metraje. Sus poco más de 80 minutos impiden desarrollar algunas de las -interesantes- subtramas que plantea la película, como la relación de Suso con su hijo -ojo a la escena en la que el vástago ve a su padre llorando en el baño- o cada uno de los vértices del triángulo formado por el personaje de Miguel, su hija y el su futuro yerno, poco exprimido.
Una película que no devoró las multisalas en España, rendidas al blocksbuster de turno -y en la que, en algunas ciudades como Murcia, sólo se mantuvo en taquilla 1 semana-, vapuleando así los 4 años de trabajo previo de una película de compacto resultado, como revela el hecho de haber despertado los aplausos en el Festival de Málaga, donde se presentó. Respalda por una productora del prestigio de El Terrat y de un productor ejecutivo con una visión tan cinematográfica como José Corbacho -ahí están Tapas (2005) o Cobardes (2008) para atestiguarlo-, estamos ante uno de los diagnósticos más oportunos y acertados de cómo el dinero puede dilapidar lo más sagrado del ser humano: su dignidad. Ésa es su verdadera razón de ser.