El argumento de la historia es tan desprejuiciado, tan ajeno a lo políticamente correcto, como la obra en sí: Alfredito (Ramón Rivero), es un señor homosexual nacido en 1952 en Sevilla, amante de Conquita Piquer y obligado a ocultar su condición sexual. Un día, mientras viste a la Virgen en la Iglesia, le va haciendo partícipe de sus confidencias, desgranando su biografía con notoria pasión. Alfredito abarca desde su niñez, traumática por el trato vejatorio que su padre le propiciaba tanto a él como a su madre, hasta la edad adulta. Un cóctel de emociones, desde la pasión, hasta la risa, pasando por el drama y la incomprensión, se irán dando cita en un relato que destaca por su narración fresca, atrevida y sorprendente. Y es que si algo se puede destacar de Madre amadísima es que su directora se muestra absolutamente comprometida con el relato: sabe que tiene en sus manos la oportunidad de que la Institución eclesiástica se avergüence de haber secundado y respaldado a un régimen que tanto daño a hecho al colectivo LGTB, a muchos órganos políticos -que presumen de (falsa) tolerancia-, la personalidad de muchos de nuestros mayores, que pagan con sus hijos -a los que dejan secuelas psicólogicas de por vida, con insultos del calibre y tan repetidos en muchos hogares como "maricón de mierda"- su obstinado machismo y su terca homofobia o el servicio militar obligatorio, práctica cuanto menos esperpéntica, impropia de un país civilizado. También se pone en jaque la doble vara de medir de las Fuerzas Armadas. Tavora, cual púgil ser, no deja títere con cabeza, propinando numerosos puñetazos -algunos, lástima, no tan contundentes como cabría esperar- a sectores de la sociedad que han apostado más por la involución que por la evolución de la especie.
Evidentemente, habrán muchos que no estén de acuerdo con sus planteamientos, pero eso es algo que no parece no quitarle el sueño a la cineasta, más preocupada en plasmar sus diferentes visiones sobre temas polémicos -aquellas que, a buen seguro, comparte la mayoría ciudadana-, antes que contentar a ese conjunto de población en contraposición directa al progreso y la transigencia. Sí, Madre amadísima es una película polémica, y se enorgullece de serlo: prueba de ello es, sin ir más lejos, el mero cartel promocional del film, en el que la Virgen aparece rodeada de cuerpos desnudos de hombres gays. Lo curioso es que la directora nos cuenta la vida y obra de este Alfredito, que desde su nacimiento está predestinado a ser un referente para toda una generación -y sucesoras-, sin que el espectador se pueda quitar la sonrisa de la cara. Es decir, no cae en el tremendismo ni en el morbo, se aleja de lo convencional y encara su drama con nula censura, con aires de libertad. Quizá porque se la nota rodada son sensibilidad extrema, consciente de que más que una película es ese documento que todo un colectivo estaba esperando. Madre amadísima muestra, como sucede pocas veces en cine, el retrato de ese prototipo de gay afeminado, lo que vulgar y salvajemente se ha conocido toda la vida como "el maricón del pueblo", y a los obstáculos a los que se tiene que enfrentar en una vida ya de por sí difícil para el resto de los mortales.
Comentarios
Quizás una de las películas más elocuentes sobre la "integridad" del ser humano.
La mediocridad es lo que prevalece en toda sociedad desconectada de su esencia: Alfredo logra saltar este paso. Y se eleva en la integridad, en la coherencia, en la fidelidad a lo que es.
Me emocionó mucho verla. Creo que muestra admirablemente la "anemia" interior en la que nuestra cultura está inmersa.
Nadie "es" si prohibe que los otros "sean", ¿no es cierto?
Julio Cavalli*