La acción comienza en el epicentro de Francia, cuando unas elecciones francesas que se debatían entre un partido conservador y otro de extrema derecha se resuelven con el triunfo de éste último; ante la preocupación del pueblo porque un partido político radical tome el Elíseo, los tumultos callejeros no tardan en sucederse. Aprovechándose de las agitadas revueltas -muy bien rodadas, por cierto-, un panda de ladrones perpetran una serie de atracos con el fin de ayudar a una chica que pretende ir a Holanda a abortar. Al huir de la policía, este grupo de jóvenes se refugia en un apartado albergue en el bosque, con tan mala fortuna que resulta ser el negocio de un grupo de degenerados neo nazis caníbales. Aunque peca de ritmo irregular y que se inspira con descaro en películas como La matanza de Texas (Marcus Nispel, 2003), Hostel (Eli Roth, 2005) -esos turistas perdidos, los episodios de torturas, la secuencia en el matadero...- o, incluso de Rec (Jaume Balagueró & Paco Plaza, 2007) -esa inclusión de imágenes amateurs-, lo cierto es que Frontiére(s) funciona. Gens acierta a dar con el tono, sucio y opresivo, de la película, al tiempo que la desarrolla en un nocivo escenario ambiental del cual sale enormemente beneficiada. La película tarda en dar al público amante de la casquería lo que pide pero, cuando empieza, no se detiene: su última media hora, en este sentido, es de una brutalidad inimaginable, superando con creces las -ya de por sí- brutales Martyrs (Pascal Laugier, 2008) o Instinto siniestro (Alexandre Bustillo & Julien Maury, 2007). Para la posterioridad quedarán fragmentos como el de la imputación de oreja o la de la cámara de gas, rodadas sin prejuicios ni ningún atisbo de censura. Rodadas con libertad y sólo aptas para los estómagos vacíos.
Seleccionada para el Festival de Sitges 2007, Frontiére(s) es la demostración que se puede hacer cine de horror con enjundia, aunque es una lástima que su carga de denuncia social no esté todo lo afilada que su potencial admitía. Aún así, conviene animar a los cinéfilos escépticos a este tipo de cine a que se sumerjan al que, con toda probabilidad, sea la implacable metáfora, el incendiario símil -nunca mejor dicho-, del daño que ejecutan los gobiernos radicales al conjunto de ciudadanos. La sucesión de hachazos, cadenas y maltratos físicos funcionan por sí solos, sí, pero uno se pregunta si el conjunto de maléficos seres que habitan en ese hostal -nazis, es decir, el colmo de la degeneración de esa extrema derecha de la que comienza hablando, no lo olvidemos, la película-, no se distancian mucho -en el fondo- a los miembros de un gobierno totalitario que sólo persiguen su propio beneficio, aún a costa del sufrimiento de los demás, de homogeneizar a las masas, de adoctrinar y criminalizar al pueblo. ¿Violencia? Sin duda.
Frontiére(s) es uno de los ejemplos más sobresalientes del cine de terror contemporáneos; resulta difícil negar su virtud de atrapar al espectador y de provocar malestar al público a causa de su doble vertiente -la explícita y la que no lo es tanto- o de su capacidad de hablar, en efecto, de varias fronteras (las físicas, las del mal, las del dolor, las de la hipocresía...), por mucho que sus irregulares escenas de acción de estilo videoclipero lastren la jugada o que sus personajes caigan en el maniqueísmo. Ya digo que no conviene despreciar los logros de una película que comienza en las entrañas de un París revolucionario, fervorosamente agitado, y termina arrastrado a una media hora final, absolutamente entregada a los parámetros del género, tan malsana como trepidante. Y ojo a la (gigantesca) cruz religiosa del final, estratégicamente situada en plano, que no hace sino rematar de forma brillante la jugada, al tiempo que ayuda a extraer su esencia.