Conviene decirlo de primeras: Instinto siniestro es una cinta que está más cerca del cine gore que del terror. Esto es, los que se acerquen a ella con la intención de pasar miedo sentirán como no se cumplen sus expectativas, mientras que los que busquen regodearse en un vodevil de sangre, saldrán más que satisfechos. Ante todo, el film destaca por ser un desparrame de violencia capaz de desafiar hasta los estómagos más experimentados. La originalidad de las muertes que van sucediéndose -ojo a ese spray incendiario- y el extraordinario uso que se le da a un arma tan aparentemente inofensiva como son unas tijeras -atención a la venerada escena final de la cesárea, de lo más granado del género-, son aspectos que no hay que dejar pasar. Lástima que la saludable voluntad del guionista por incomodar al amante de la casquería no esté respaldada por una historia más elaborada, con más chicha, al estilo de Martyrs (Pascal Laugier, 2008) o The Horde (Yannick Dahan & Benjamin Rocher, 2009). Sí que es verdad que su punto de partida es potente, con una primera hora irreprochable, pero la película termina sucumbiendo a los derroteros más convencionales del slasher. En cualquier caso, el trabajo de maquillaje -premiado en Sitges- y de efectos especiales es tan brutal que se logran imágenes de pasmosa crudeza.
La puesta en escena, desarrollada casi exclusivamente en interiores, también resulta algo pobre, así como el diseño de algunos de sus personajes, especialmente los policías que de tan ridículos llegan a resultar inverosímiles. Asimismo, tampoco se entiende por qué se intenta meter el elemento sobrenatural en una cinta que se mueve en todo momento en el terreno del drama psicológico -con algunas licencias- con la inclusión de ese policía que, tras volarle la cabeza, acaba resucitando. Defectos, en cualquier caso, que se compensan con las interpretaciones tanto de la protagonista como de la villana, de la que se desprende otro rasgo a subrayar de Instinto siniestro: que, por fin, la mala de la función sea una mujer, y no un hombre como nos tiene acostumbrados el 99% de películas de terror. Asimismo, también su final que, aunque previsible y exento del factor sorpresa, sí que se gana el calificativo de atípico en el sentido de que es una de esas escasas veces en el que los malos ganan y los buenos pierden.
En definitiva, Instinto siniestro es una cinta rebosante de hemoglobina, un festival de sangre tan explícito como repulsivo que cuenta, además, con un rol antagónico tan terrorífico que es capaz de ponernos los pelos de punta. En su desarrollo tiene destellos de aplastante originalidad -cuando la cámara juega a introducirse en el feto de la Sarah-, pero no es suficiente para proclamar la película como título de culto, tal y como se empeñan sus responsables. No le busquen a la jugada el más mínimo trasfondo, el más mínimo abismo de denuncia social: no la tiene.