Cerca de mi casa hay varios contenedores
de basura. Hasta hace poco, la gente acudía a esos contenedores para tirar los
desperdicios, pero desde hace algunos años, los contenedores se han convertido
en los supermercados de la gente que sufre una mayor miseria. Por las noches,
entre cinco y seis personas acuden cada día a rebuscar entre las bolsas de
basura para encontrar algo que pueda servirles para comer o para vender. Un
yogur caducado, unas cajas de cartón. Un hombre rebuscando entre la basura
representa un sistema político, económico y social que no funciona. Un sistema
político, económico y social difícil de defender, difícil de justificar. De
igual manera, estaciones de autobuses, paradas de metros o aeropuertos se han
convertido en residencias donde muchas personas sin techo se protegen de los
rigores de la noche. Entre toda esa gente hay historias de personas que no
supieron gestionar su economía doméstica para afrontar con solvencia un periodo
de crisis, pero también historias de personas que los despidieron de sus
trabajos y que no encontraron otro empleo, viéndose obligados a mendigar. O
personas que la crisis y la mala fortuna les golpeó de lleno en la cara.
Cada cual intenta ajustarse a su sueldo
para vivir de la mejor manera posible según sus ingresos. Puede que haya habido
personas que en su momento no supieron gestionar su propia economía y
cometieron graves excesos. Sin embargo, ninguna de esas personas es responsable
de la salvaje e injusta ley hipotecaria de nuestro país. Ni tampoco es
responsable de gestionar el déficit del estado. Ni de fomentar el empleo, o de eliminar
la burocracia y los costes para crear una empresa. Tampoco ninguno de ellos es
responsable de controlar los casos de corrupción, ni de controlar la ingente
cantidad de dinero público que se pierde en financiaciones irregulares, cuando
no absolutamente fraudulentas. Y tampoco son responsables de controlar el
funcionamiento de las entidades bancarias. De todo eso se encargan los partido
políticos en el gobierno; tanto el Partido Socialista y sus “brotes verdes” de
antaño como el Partido Popular y sus “dando sus frutos” de ahora.
Hay una enorme cantidad de aspectos
despreciables en nuestros políticos. Ellos son los que gestionan el país –para
eso cobran- y todas sus medidas pueden ser calificadas como a cada cual le
venga en gana, especialmente cuando todas sus medidas destruyen el sistema
social que a nuestros abuelos y a nuestros padres les ha costado tanto esfuerzo
y sacrificio lograr. Pero, de entre todos esos aspectos despreciables –junto
con el de su inutilidad-, el más despreciable de todos es su sonrisa. Observar las risas del señor Cristóbal Montoro, o de Luis de Guindos, o de Mariano Rajoy, o de María Dolores de Cospedal, o de la
presidenta del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde –por poner varios ejemplos-, mientras la gente se
llena las manos de mierda en los contenedor de basura buscando algo que
llevarse a la boca supone una ofensa para todos aquellos que estamos padeciendo
y pagando esta crisis, especialmente para los que la sufren con mayor violencia.
Hasta que no solucionen los problemas del país, hasta que no realicen bien sus
trabajos, hasta que ellos mismos no sufran en sus carnes esta miseria en la que
nos han metido, hasta entonces, sus risas y sus sonrisas deberían estar
absolutamente prohibidas.