Auténtico clásico del cine y una de las piezas cumbres y más inclasificables del expresionismo alemán, Nosferatu ya nació envuelta en polémica cuando su director, que se negó a pagar los derechos de autor de una novela sometida a su propio subjetivismo, decidió cambiar ciertos aspectos en su película para evitar problemas legales con la viuda de Stoker. Así, se desvirtúan los nombres de los personajes o el propio título del film, algo que no le sirvió de mucho cuando un tribunal británico dio la razón a la otrora esposa del literato y la productora se vio obligada a quemar todas las copias de la película. Excepto una. La historia, ambientada en 1838, gira en torno a la figura del conde Orlok (Max Schreck), una personaje siniestro que vive en Transilvania que un día recibe la visita de Hutter (Alexander Granach), un agente inmobiliario que ha viajado desde Wisborg motivo de cerrar un negocio con él. Su suerte cambiará cuando descubra que el conde Orlok no es más que un vampiro y que, como todos, se alimenta de la sangre humana para sobrevivir. A partir de aquí se desarrolla un relato dividido en 5 fases que siguen una perfecta progresión dramática.
La principal novedad que esta adaptación pirata de la novela de Stoker introdujo en el expresionismo alemán con respecto a otras obras como El Gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920) -quizá la primera película de terror y la otra gran obra maestra del género en este periodo-, es su rodaje en exteriores, dilapidando el espíritu teatral e intimista que hasta entonces habían descorchado sus precursoras. El objetivo era dotar de credibilidad un relato que pasaba a desarrollarse en escenarios reales, reconocibles por los espectadores sin renunciar, eso sí, al carácter extravagante e hiperbolizado, esa perpetua deformación de la realidad que es la máxima seña de identidad de esta cosecha fílmica: maquillaje excesivo, la incesante inclusión de símbolos -como las sombras, como ejemplifica la mítica y terrorífica escena de las escaleras-, el surrealismo -el instante en el que el conde ataca a la esposa de Hutter, de aplastante lirismo- o los personajes altamente caricaturizados. En relación con esto último, hay que destacar la creación de Nosferatu, un rol tan escuálido, enfermizo, esquelético y tan poco agraciado físicamente que lo hacen situarse en las antípodas de la imagen que nos ha vendido el cine posterior de vampiros, en el que aparece como un hombre seductor y mujeriego. Así se entendería una de las traducciones más extendidas del título: "portador de enfermedad".
Film mimado, sin más movimientos de cámara que los estrictamente necesarios -quizá para no desvirtuar que lo que estamos observando, más que un conglomerado de fotogramas, es un lienzo en toda regla-, Nosferatu sabe a muerte, sí, pero hay algo terriblemente bello en ella, en sus plásticas imágenes, que incita a vivir. Quizás sean sus recursos narrativos con carácter expresivo, como el acelerado o el ralentí, dando lugar a una estética tan gótica como inolvidable. O, quizás, sus alta dosis de carga romántica, algo casi insólito en el género. En 1926 vendría un periodo de recuperación económica, pero enseguida vino el crack del 29 y, con él, la desolación. El cine expresionista pasó a mejor vida y, con él, buena parte de la capacidad -cada vez más exigua- de las películas de terror para cumplir su misión principal: dar miedo.