
La encargada de hacer perder la virginidad a Mark O´Brien, este tetraplégico de 38 años que discurre sus días postrado en una cama, es Cheryl Cohen-Greene (Helen Hunt), una sexóloga que está dispuesta a cumplir todas sus fantasías, a suplir la falta de afecto de O´Brien y a reparar la inseguridad sexual que padece, tal y como suele ser habitual en este colectivo, Gran acierto de casting, Hunt no duda en desnudarse física y espiritualmente en un proyecto en el que se nota totalmente implicada, regalándonos su mejor interpretación desde Mejor Imposible (James L. Brooks, 1997) y rescatándola de una época en la que había estado 5 años alejada de un papel protagonista, desde Cuando ella me encontró (2007), que dirigió ella misma. La actriz, feroz torrente interpretativo, personifica la luminosidad, la alegría, la naturalidad y el positivismo, en el contrapunto perfecto de O´Brien. Aunque él es el protagonista, me quedo con el retrato que se hace al realista personaje de Cheryl: la película acierta a mostrar tanto su vida profesional como privada, así como los efectos que la primera puede ocasionar en la segunda, o hasta qué punto debe llegar el nivel de implicación profesional-paciente. Asimismo, en una época en la que todavía existe bastante pudor al hablar de según qué temas, le sirve al director para poner sobre la mesa cuestiones como: ¿Hasta qué punto estas trabajadoras del sexo realizan una labor social?; ¿Deberían estar amparadas por la ley?; ¿Cuántos hombres con síndrome de Down, tetrapléjicos, espásticos o aquejados de obesidad mórbida darían lo que fuera por sentir, aunque sólo fuese un minuto, lo que la Cheryl le hace sentir al protagonista? En cualquier caso, lo que sí deja claro la película es que es una decisión tan personal, que le compete única y exclusivamente al enfermo: no hay objeción moral que valga. Cualquier juicio al respecto, de alguien presuntamente entendido en el tema pero que jamás sabría cómo actuaría en casos tan extremos, está de más.
Tan comprometida como Yo, también (Álvaro Pastor & Antonio Naharro, 2009), pero menos que Intocable (Olivier Nakache & Eric Toledano, 2011), Lewin hinca al diente a un tema polémico, y lo hace con una valentía pasmosa. A su fino retrato de su figura femenina, se une el hecho de estructurar su obra en torno a flashbacks en los que O´Brien se sincera con un cura acerca de sus experiencias sexuales. La religión, por tanto, no queda ajena al foco del director. Pero, lejos de ponerla en la picota, Lewin se muestra condescendiente con ella: reivindica como alguien con un fe católica tan fuerte como la suya puede llegar experimentar el efecto balsámico y de auténtico desahogo que le proporcionan sus creencias. Asimismo, el retrato que se hace del cura también va encaminado a esta dirección: nos encontramos alguien excesivamente bondadoso, reflexivo, tan involucrado en el drama de O´Brien que incluyo se atreve a desafiar los rígidos estamentos, las conservadoras normas de la Institución a la que representa, en beneficio del protagonista. Y aquí viene mi nota discordante en un relato (casi) brillante: no dudo que el hecho en el que se basa no sucediese tal y como nos expone la obra, y funciona perfectamente si de lo que se trata es de rendir homenaje a su propia figura, pero no conviene caer en el error de extrapolar eso a todos los demás casos. Hubiese estado bien, por ejemplo, que la película abordara un caso similar protagonizado por alguien alérgico a cualquier tipo de fe o, yendo un poco más lejos, que el cura encargado de escuchar no fuese la excepción a la regla: ¿cuántos sacerdotes están dispuestos a dejar de lado sus creencias por ayudar al prójimo? Estoy seguro que muy pocos.
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