Señor ministro Gallardón:
Usted y yo somos de la misma “Quinta”,
esa manera tan castrense del franquismo para denominar a los varones nacidos en
el mismo año, cuando todos, irremediablemente, teníamos que “Servir a la
Patria” y a los mandos de aquel ejército vencedor de la democracia y bananero
en sus conductas. Le hago referencia a esto porque así va a comprender
perfectamente la historia que le voy a contar, sucedida a principios de los
años 80, cuando este país se peleaba por salir del túnel del tiempo en el que
nos adentraron el franquismo y la
Iglesia Católica cogidos de la mano; todavía hoy vivimos sus consecuencias con
personas como usted, que nos devuelven con sus políticas a épocas que creíamos
ya pasados.
La historia que le voy a contar sucede,
como ya le he dicho, en el primer lustro de la década de los 80 y me tocó
vivirla doblemente, gracias a que la farisaica sociedad de la época prefería
condenar a la ilegalidad a miles de mujeres que, pretendiendo vivir su
sexualidad como un derecho propio, al
margen de la cárcel mental que suponía la Iglesia y la cárcel física a la que
condenaba el Estado, quedaban embarazadas sin tener intención de traer, en ese
momento, hijos al mundo. No era fácil en esos años tener relaciones sexuales sin
riesgo de embarazo para una mujer, como usted sabe, o a lo mejor no, que
también puede ser que pasara sus años mozos entre rosarios y novenas que
ensalzaban la virginidad de las chicas,
pues el hecho de ir a la farmacia a comprar preservativos o la famosa “píldora”,
suponía un momento de vergüenza, expuesto a las miradas recriminadoras del
farmacéutico de turno y de algún que otro cliente, eso cuando directamente, con
la voz engolada por el puritanismo y acusadora de lascivia, el farmacéutico se
negaba a venderte esos productos propios del pecado.
Sabe señor Gallardón lo que le estoy
contando perfectamente, y el elevadísimo riesgo que suponía para muchas mujeres
quedarse embarazadas e iniciar un camino peligroso, duro y caro, muy caro, si
decidían no seguir adelante con el embarazo. Pero también muy doloroso, porque
a pesar de lo que usted piense, la decisión de abortar para un mujer es muy
difícil y triste, como le sucedió, y ya entro en el primer caso que me tocó
vivir, a un amiga, que quedándose embarazada de su novio, vivió un calvario
hasta que pudo conseguir entre todos los amigos las 50.000 ptas. de la época
(esta era la cantidad que cobraba la agencia por el viaje y la estancia, pues
el aborto en Gran Bretaña era gratuito, al estar costeado por la sanidad
pública), que le costaba ir a abortar a Londres, pues ni ella ni su novio,
podía reunir esa cantidad al no tener trabajo, y mucho menos pedírselo a los
padres. Tiene gracia que personas que piensan como usted convirtieran a las mujeres
en delincuentes en su país por haberse quedado embarazadas. Tiene gracia que
las mismas personas que son como usted vieran con ojos de normalidad que una
chica joven tuviera que irse a Londres a abortar, quizá porque ese era el lugar
donde mandaban a sus hijas los que renegaban del aborto en España; lejos, para
que nadie se enterara, y por una cuantía económica perfectamente asumible para
ellos. Pero no para mi amiga, que tuvo que pedir el dinero en una cuenta atrás,
por los días que pasaban, angustiosa y marcharse sola a la capital británica a
vivir la experiencia más dolorosa de su vida.
Pero no todas iban a Londres. En
aquella época en Madrid, por lo menos, se podía abortar en algunas prestigiosas
clínicas de la capital, siempre que se estuviera dispuesto a pagar una cantidad
elevada, a pesar de que los riesgos que se asumían eran mayores que irse a
Londres. Para calmar su suspicacia, señor Gallardón, he decirle que ni en el
caso anterior ni en el que le voy a relatar ahora, tuve nada que ver como
artífice de los embarazos, simplemente fue la amistad la que me llevó a
intervenir en ambos casos, como era habitual en aquella época entre las
personas que no tenía poder económico. Como le decía no todas iban a Londres y
ese fue el segundo caso que viví de forma muy directa. Tenía una gran amiga que
por motivos que no vienen al caso se quedó embarazada. Esta mujer era muy reservada
y bajo ningún concepto quería que nadie supiera el estado en que se encontraba,
por lo que sólo acudió a mí y a la que en aquella época era mi pareja. Aunque
tenía capacidad adquisitiva, no quería estar sola en esta aventura, y nos pidió
nuestro apoyo moral y personal. Fíjese usted lo que le voy a contar señor Gallardón,
porque muchos de esos médicos de bien estarán ya frotándose las manos por el
negocio que usted les va a proporcionar con su nueva Ley antiabortista. Había
un ginecólogo en el barrio de Argüelles de Madrid que nos habían recomendado,
pero advertidos de que se trataba de una persona muy conservadora, como usted
señor Gallardón. El caso es que allí fuimos mi amiga y yo, para simular que
éramos un matrimonio y facilitar las cosas, y nos encontramos la primera
sorpresa: un gran crucifijo adornaba la mesa del ginecólogo, al que el dinero
le debía gustar más que sus creencias religiosas, pues no puso ninguna objeción
en realizar el aborto, mediante un legrado (ojo a esta palabra que va a volverse
a poner de moda), previo pago de 90.000 ptas., que se llevó de rositas aquel
ginecólogo católico/pesetero, pues, aquí vino la segunda sorpresa, el legrado
se realizó en la ya desaparecida Clínica Nuestra Señora de Loreto de Madrid,
como si fuera un intervención ordinaria de día. Fin de las historias.
Así es la vida, señor Gallardón. Usted
nos quiere vender su Ley antiabortista como progresista y respetuosa con la
mujer, pero lo único que va a conseguir es volver a criminalizar a las mujeres,
como en los años 80. Porque lo que usted
no puede soportar, al igual que la Iglesia Católica a la que tanto
corteja ahora, es que las mujeres sean libres y dueñas de sí mismas. Usted
quiere reducirlas a la condición de esposas procreadoras, o si no a la de putas
delincuentes. Porque señor Gallardón, usted empieza a oler demasiado a
incienso, quizá para disimular el olor a derecha podrida que rezuma su presencia.
Me gustaría despedirme con un apretón
de manos, pero tengo miedo de que la suya sea la reliquia de algún santurrón de
los que usted tanto admira.