Escribo a partir
de impresiones. Con apreciaciones personales y una visión particular de los
hechos, encontré a Ciudad del Este como un gran detonador de interrogantes que
escapan a mi lógica. Esta ciudad que fue en algún momento la tercera a nivel
mundial en movimiento comercial, no ha podido sin embargo superar algunos
rasgos de un contexto cultural folclórico: sin orden en las calles ni en el
tránsito, sin siquiera semáforos en las esquinas que minimicen el creciente
caos vehicular, el contraste entre la pujanza comercial y la desidia
urbanística sorprende a los ojos de cualquier visitante.
Basura en las
calles, afiches de todos los colores y partidos que ofrecen, además de
contaminación visual de mal gusto, las promesas de cambio que ya nadie cree.
Esto se ve al tiempo que se escuchan versiones de "cuotas" que los
operadores políticos exigen a los comerciantes para financiar campañas de los
mismos que los recuerdan sólo a la hora de pedir recursos.
En las calles se
nota claramente que han pasado administradores de dinero pero no visionarios de
una ciudad que tiene todo el potencial para convertirse en una metrópoli del
primer mundo. Como sí solo importara ubicarse en donde está el flujo de dinero
y no construir una ciudad ni aprovechar más las enormes ventajas competitivas
que se tiene en materia comercial.
Parece una
ironía que un ex intendente haya querido ser presidente de la República y que
ni siquiera haya puesto semáforos o iluminado parques pese a tener al lado la
represa hidroeléctrica más grande del mundo. Ciudad del Este vive sus
contrastes todos los días: mientras el flujo comercial es millonario, no hay
dinero para un semáforo o tan siquiera para ordenar el sistema de
estacionamiento. Los policías deben hacer funciones de improvisados semáforos
humanos para dirigir el tránsito en las principales avenidas, mientras que en
el microcentro hay parquímetros humanos, gente que reparte boletos y cobra a
los que estacionan sin preocuparse de nada más que el cobro. Así se ven las
precariedades en una ciudad rica.
A pocos
kilómetros, en uno de los lugares más hermosos del Paraguay, el Salto del
Monday, de nuevo salta el contraste: no hay turistas ni infraestructura
turística para aprovechar un recurso natural que debería ser fuente de ingresos
para la zona. Al contrario, a pocos metros del ingreso al parque no hay calles
pavimentadas ni siquiera alumbrado público, en tanto se ven algunas carpas en
terrenos baldíos. En un lugar natural maravilloso no hay condiciones para
recibir turistas: ni comedores ni hoteles ni información para llegar. Como si
el dinero del turismo no fuera de importancia para la zona, como si no sirviera
para beneficiar a familias, trabajadores, comerciantes, taxistas...Lo cierto es
que más allá de los culpables o responsables, hay una riqueza no explotada y
por ende ingresos y beneficios que se pierden.
Los gobiernos
deberían prestarle más atención a la triple frontera para hacer que la riqueza
se traduzca en ciudades más ordenadas, desarrolladas y en un nivel más elevado
de calidad de vida. No es suficiente con tener ingresos, sobre todo en un
contexto en el que el país vecino hace lo posible por boicotear el comercio,
sino que se debe planificar y potenciar el desarrollo con miras al mediano y
largo plazo. Paraguay debe sacarle más provecho a sus ventajas comparativas y
lograr que el comercio y el turismo sean más que un recurso temporal, una
plataforma de crecimiento constante.