La
literatura, como todas las artes, refleja en imágenes escritas aspectos de la
realidad o la fantasía, que anidan en el corazón del artista. En efecto, la
mano de los creadores obedece con fidelidad extrema a las órdenes de un alma
sensible que, modificada por los hechos que la afectan, impulsada por los pensamientos
que la atormentan, incentivada por amores hiperbólicos o abrumada por dolores
paroxísticos, debe canalizar de manera imperiosa su carga, para no
estallar. Y lo hace. Lo hace casi siempre en forma de expulsión
violenta y espasmódica de ideas confusas, sin orden ni método, sólo para drenar
sus impulsos indomables. Así se completa la primera fase del proceso artístico
y el pintor, escultor, escritor, compositor o sea el creador que fuere, baja la
intensidad de su ritmo cardíaco y recupera parte del sosiego.
A partir de ese momento,
con los elementos volcados, con la piedra en bruto, comienza el artista a
desarrollar la segunda parte de su obra: El cincelado grueso, luego el fino y
por último el perfeccionismo sutil. En el caso de los escritores, este proceso de
pulido consiste en perfeccionar los aspectos sintácticos y ortográficos. A
continuación se trabaja sobre los aspectos sobrantes, confusos o incompletos,
que le otorguen suavidad al tacto, amalgama de conceptos y coherencia de ideas.
Finalmente, en dominio de su más agudo sentido artístico, procede a las
correcciones más sutiles, a la crítica más severa y a la lectura virgen y ávida
de sensaciones, como la de cualquier lector.
Estos procesos son
necesarios e irrenunciables, si se tiene el afán de crecer en el mundo del
arte, sin detenerse en la meseta del conformismo.
El arte es ilógico,
caprichoso y venático, pero nada existe que pueda torcerlo de su rumbo.
Prof. Mario Valdez