No tengas miedo nos brinda la oportunidad de conocer a Silvia (Michelle Jenner), una joven de 25 años que lastra un pasado marcado por los abusos sexuales, esos a los que su propio padre le fue sometiendo con el paso de los años desde bien niña. La historia comienza recorriendo las diversas fases de su vida, para terminar en la edad adulta, aquella en la que Silvia deberá despojarse de sus miedos y vencer la terrible cicatriz que le atormenta. No es fácil enfrentarse a un tema tan delicado y salir victorioso, pero desde luego facilita mucho la jugada tener como protagonista a una Michelle Jenner que, nominación al Goya a Mejor Actriz Revelación, nos brinda una interpretación a la altura de las grandes -como ya lo hizo en Extraterrestre (Nacho Vigalondo, 2011), su otro gran trabajo en cine hasta la fecha-, donde sus silencios, gestos y miradas expresan todo el pavor y la incredulidad que reflejan los afectados por esta tragedia. Le acompañan un Lluís Homar tan espléndido como siempre -demostrando que un abusador tiene, en apariencia, el perfil de una persona normal- y una Belén Rueda un tanto desaprovechada -no se entiende por qué su personaje desaparece durante un periodo determinado de la función, máxime cuando desempeña un terrorífico rol que podía haber dado más juego-, pero que demuestra, para los que habían olvidado su trabajo en Mar Adentro (Alejandro Amenábar, 2004) que es algo más que la reina del grito español -título otorgado tras protagonizar películas como Los ojos de Julia (Guillem Morales, 2010), donde formó pareja artística precisamente con Homar-. El casting, por tanto, aprueba con nota.
Pero sin duda, la gran baza de la obra es esquivar las concesiones al morbo, su nula claudicación al sentimentalismo. Para prueba, ver cómo hasta las escenas de los abusos están filmadas con una autenticidad abrumadora; el director consigue, a pesar de no mostrar explícitamente los hechos, transmitir todo el dolor y la impotencia que emana de una situación tan irracional. Otro de sus aciertos es el ir intercalando la acción principal con los testimonios de la terapia de grupo, lo que confiere al film un aura de documental por el que sale, junto sus sutiles movimientos de cámara y planos secuencias -como el de la confesión en el restaurante, ya histórico en el cine español-, muy beneficiado a nivel de credibilidad. Hacer creíble la función, en efecto, es la máxima ambición de Armendáriz; es por ello que transforma el objetivo de la cámara en un bisturí con el que consigue penetrar, con pasmosa facilidad, en la piel de la víctima y desnudarla no físicamente -como hubiese sido lo fácil- sino psíquicamente. El director se muestra fiel a la realidad al mostrar, cámara al hombro mediante, como un trauma así condiciona la vida de la víctima: desde sus experiencias sexuales posteriores a sus relaciones sociales. En medio del caos, la película parece hacer un llamamiento a cómo la música, vehículo que actúa como catalizador de emociones, auténtico salvavidas en el que apoyarse en la tormenta.