La película, básicamente, es un canto al amor. En todas sus formas: entre marido y amante, abuela y nietos, entre marido y mujer... aunque el director se centra en las relación madre e hija o, lo que es lo mismo, entre Aurora (Shirley MacLaine, en el mejor papel de su carrera) y Emma (Debra Winger). La primera, una viuda que terminará enamorándose del astronauta retirado de su vecino, tiene una visión de la vida -del sexo, del futuro, del amor- muy diferente a la de su hija Emma, la cual decide casarse y poder así independizarse. A pesar de la irascibilidad entre ambas, de la incompatibilidad de caracteres, lo que hace grande la película es lo bien que refleja cómo en circunstancias difíciles -en este caso, la enfermedad de la joven- todo eso queda relegado a un segundo plano. ¿Como olvidar a esa MacLaine, absolutamente desquiciada, pidiendo a gritos en el hospital de que le pongan una inyección a su hija para apaciguar su dolor?
La fuerza del cariño es una especie de sonrisas y lágrimas para todos los públicos, a pesar de sumergirse en temas tan profundos como la infidelidad, la enfermedad, el sexo, la despedida o la muerte. Quizá por ello, por su habilidad de acercar al gran público temas tan universales y cercanos de una forma tan eficaz, ocupe un lugar tan destacado en el cine moderno. Otro punto a favor de la película es su gran labor de montaje, intercalando las escenas protagonizadas por el tándem MacLaine & Nicholson y las de los líos conyugales del persona de Winger, como si en el fondo la película no aspirase a ser más de un reflejo de la forma de actuar de dos generaciones diferentes: la experiencia de Aurora, mujer curtida en mil batallas, contra las ganas de devorar el mundo de la juventud de Emma, más inexperta pero igual de inteligente; un personaje, éste último, que se verá abocado a la madurez absoluta, después de la infidelidad de su marido y a su propia enfermedad. Su frase de "Tengo que pensar qué voy a hacer con mis hijos", no sólo revela hasta qué punto es consciente de que tiene los días contados en este mundo, sino permite acentuar el gran pilar del film: el amor entre madre e hijos.
En resumen, considero a La fuerza del cariño un canto a la incondicionalidad del amor que, a pesar de la mirada de hondo sentimentalismo con la que el director firma la jugada y a su desarmante sencillez, no puede evitar caer en el sentimentalismo en su (estirada) última media hora -con la consabida escena de despedida entre madre e hijos, por otro lado muy bien rodada-. A pesar de su reconocible y bucólico tema principal de su banda sonora, estamos ante una película sobrevalorada, que de no ser por su vigor interpretativo y la gran labor de un director que no pierde nunca su fino olfato para radiografiar de forma tan pulcra algo tan doméstico pero complejo a la vez como son las relaciones humanas, estaría más próxima al típico telefilm de sobremesa que a la película de culto que, aún hoy, muchos nos quieren vender.