Basada en la novela homónima basada en hechos reales de Robert Traver, la trama gira en torno a Paul Biegler (James Stewart), un abogado más centrado en el jazz y en la pesca que en su oficio, que un día recibe el encargo de defender a un hombre (Ben Gazzara) acusado de matar al violador de su esposa, Laura (Lee Remick), Tras una primera hora de la que el film se sirve para contextualizar el relato y presentarnos la conexión entre sus personajes, Preminger se sumerge durante la hora y media siguiente en el interior del juzgado, dando lugar a uno de los juicios orales más ágiles, portentosos y flexibles jamás filmados. Tremendamente adictivo, durante el desarrollo de la sesión podemos ver cómo la tensión entre defensa y oposición es más que palpable -llegando al punto de desacato a la autoridad, a la pérdida de las formas, una crítica de cómo los propios profesionales no respetan los órganos de poder de la que se desprende una interesante lectura contemporánea-, mostrándonos a un Stewart atrapado en una vorágine de difícil escapatoria. Y es que, al contrario de su labor en Yo creo en ti (Henry Hathaway, 1947), donde su misión era demostrar la inocencia de un acusado, en esta ocasión no duda en defender a un auténtico asesino. Lo curioso es escuchar las intervenciones, razonamientos y argumentaciones, vivaces y sarcásticas, de las que se sirve Biegler para amilanar a un jurado pupular, a una oposición y, en última instancia, a una señoría que no piensan dar su brazo a torcer. La sensación de claustrofobia que se va creando en el interior de la sala, en algunos instante incluso asfixiante, es impagable.
Junto con los imborrables títulos de crédito de Saul Bass, otro aspecto destacable de Anatomía de un asesinato -rodada, por cierto, en el propio Palacio de Justicia de Michigan, lugar donde se desarrollaron los hechos reales-, es su carácter transgresor. Así, no era frecuente escuchar en el cine de la época palabras como bragas, violación, penetración o esperma, mucho menos de la forma tan natural como en la que se expone aquí, motivo por el que aseguran que el propio padre de Stewart se avergonzó de la "sucia película" que había rodado su hijo. Anécdotas aparte, es también remarcable lo bien definidos que están sus personajes, pulidos con brochazos de ingenio, y como los actores desempeñan sus roles con sobrada determinación. Junto al de Biegler -perfecto en su dicotomía profesional y privada-, llama la atención el retrato de Laura, una mujer tan adelantada a la época, insinuante y sexual que aún cuesta creer como fue posible su personificación antes de la década de los 60, cuando el cine de Hollywood había explorado temas tan tabúes como la prostitución en contadas ocasiones. Toda la sensualidad y descaro que emana su personaje se condensa en esa iconográfica estampa en la que aparece tumbada en el sofá, enfundada en un ceñido vestido.