Memories of Murder habla de muchas cosas, la mayoría de ellas atemporales, pero sobre todo nos recuerda cómo, en determinados casos, algunos pesos pesados de altas instituciones como la Policía -pagadas por el contribuyente- no hacen gala del alto nivel de responsabilidad civil que se le presupone. En este thriller impactante, directo a la yugular, el director prefiere no vagar por los derroteros de la sangre y la violencia y opta por golpear al espectador a través del retrato social de un país contaminado en sus órganos de poder, donde la falta de medios y recursos, unidos a la falta total de escrúpulosos por parte de unos mal llamados profesionales que no dudan en falsificar pruebas o maltratar a los sospechosos, son un lastre para el establecimiento de la justicia y para el establecimiento del Estado del Bienestar. Pocos le negarán al cineasta su valentía para retratar su país natal como un lugar que aún no goza de la tecnología necesaria para efectuar un análisis de ADN, o del que en un momento crítico de una investigación criminal no se puede hacer uso de una unidad policial porque, las que habían, han ido a...¡reprimir una manifestación! -se presupone, viniendo de Joon-ho, de carácter legal-. La exuberante brutalidad que irradia la película, en efecto, proviene del feroz retrato social que se hace del país, más que de los inquietantes instantes en los que actúa el asesino, personaje al que el director cede la mayor parte del protagonismo del film sin que apenas haga acto de presencia. Se aplica, así, una de mis máximas favoritas: sugerir, más que mostrar.
La película presenta una evolución y una progresión dramática que ya quisieran para sí muchas de sus homólogas. En esta línea, sus personajes, tremendamente vivos, se someten a uno de los cambios de roles más admirables -y complejos- de los que han dado el cine reciente y su trama, por su parte, se va tornando cada vez más compleja, más solemne. Todo hasta desembocar en uno de esos finales ante los cuales es difícil permanecer impasible; los minutos de su epílogo, veinte años después de la acción, suponen un golpe directo al espectador, sino a la propia conciencia de un protagonista cuya vida, si aún conserva algo de dignidad, jamás volverá a ser la misma. Un desenlace entonado, un clímax apoteósico, por el que la película gana varios enteros y termina encumbrada a esa lista de películas imprescindibles. Merece la pena destacar también su brillante factura técnica, ejemplificada en lo fácil que es sumergirse en esa atmósfera opresiva y letal de la que en todo momento hace gala el film, así como el extraordinario uso metafórico que hace el director de un elemento tan recurrente en su obra como es la lluvia -y todo lo que de ella se desprende-.
Memories of Murder es un film de gran peso moral, perfectamente pulido, al que se le nota el loable esfuerzo de su máximo responsable por desprenderse del férreo -y típico- corsé de otras producciones similares, dotando de profundidad y dobles lecturas la función. Pocos directores son capaces de conjugar en un mismo film aspectos universales como la amoralidad, la corrupción, el machismo, el sentimiento de culpa o la impotencia. Pero sobre todo ese incontrolado, manifiesto sentimiento de injusticia que no hace sino traspasar la pantalla. No, definitivamente no es un thriller policial al uso: es el espejo de la realidad en la que vivimos.