Hace ya algún tiempo que decidí
abandonar la lectura de cualquier artículo que llevara la frase atribuida a Pío
Baroja, “el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”. No importa
que el artículo me interesara o que su autor integrara mi lista de predilectos,
opté por ser radicalmente intransigente porque ese recurso irrumpía en mi
lectura como una decepción infinita, como un estallido de cristales sobre el
suelo que lo pone todo perdido y además puede causar daños.
Escribía
recientemente Benjamín Prado que “no hay terreno más estéril que un lugar
común”. Con el presunto aforismo de Baroja ocurre lo mismo, el tiempo y
su abuso han puesto de relieve su utilidad como eficaz slogan publicitario,
como idea fuerza rotunda y contundente que inyecta a quien la pronuncia una
inmediata superioridad moral y mucha complacencia. Se trata de ese tipo de
citas que siempre adorna bien un texto, le aporta brillo y esplendor, y sobre
todo ahorra el esfuerzo de buscar argumentaciones más trabajadas y sólidas.
Frecuentemente
suele ser utilizada con la categoría de teoría empírica por quienes intentan
desacreditar a los nacionalistas catalanes o vascos. La paradoja es que esos
mismos son portadores de otra forma de nacionalismo que el científico social
británico Michael Billig calificó de “banal” o “difuso”; es decir, una
interpretación natural del concepto nación vinculada generalmente a la idea de
España. Dudo mucho que todos los que apelan a Baroja de forma tan oportunista
respondan al retrato social que pretendía dibujar el escritor vasco. Qué viajen
los otros, cabría decir.
Como
lugar común que es, se ha convertido en una frase hueca que no dice nada más
allá del eco de su sonoridad, un fuego fatuo que corre el riesgo de resultar
sospechoso por apócrifo. Pero tiene una poderosa utilidad asociada a su
capacidad para desactivar cualquier réplica de su destinatario porque siempre
lo deja en inferioridad, en una incómoda posición en el piélago del debate.
¿Qué
es viajar? ¿A qué tipo de viajes se refería Baroja? ¿Vale un viaje a Eurodisney
con los hijos o un vuelo a Cancun pasando por New York? ¿Después de unas
cuantas visitas a Florencia, Praga, Londres y París se nos pasará la ventolera
del nacionalismo? ¿Cuenta como viaje un fin de semana esquiando en Andorra?
¿Alguien nos puede garantizar que después de unos cuantos vuelos transoceánicos
nos transformaremos en ciudadanos sofisticados y cosmopolitas? ¿Aborreceremos
entonces las borrajas del pueblo y las tradiciones populares?
No
lo tengo muy claro. Desde que llegué a Canadá he transitado por algunas de las
fases de adaptación que impone el manual del buen emigrante. Sospecho que me
quedan unas cuantas por atravesar. Al principio el recién llegado es inquilino
de una sorpresa continua, habitante de un mundo perfecto en el que todo es como
parece y la vida es una epifanía diaria. Venimos arrastrados por el impulso
irrefrenable de la ilusión, poderoso combustible.
Es
la etapa en la que nuestra admiración por el país de acogida sólo es comparable
al juicio crítico y al rencor que proyectamos sobre la tierra que dejamos. Para
sostener la estructura mental del cambio nos armamos con unas cuantas frases y
convicciones que son el patrón oro de nuestras dudas, de nuestra nostalgia y
nuestro miedo infinito. No nos engañemos, son frases que revelan una actitud
castiza y paleta pero que apuntalan el herrumbroso edificio de nuestra fe como
si fuera la verdad revelada. “Hemos hecho bien viniendo a este país”, “es lo
mejor para nuestros hijos”, “aquí se vive mejor”, “los canadienses son mucho
más civilizados”, “no se puede comparar la calidad de vida”, “aquí no hay
corrupción”, “el invierno no es tan duro como pensábamos”… de éstas tengo unas
cuantas más.
Pero
la melancolía pronto acude al rescate de las almas transterradas. No tarda
mucho en hacer acto de presencia, como los buitres que huelen el olor a
carnaza. A estas alturas de la vida nuestra paletismo sigue intacto, aunque
transformado. Llegan los primeros síntomas de nacionalismo revenido
manifestados en expresiones que salen de nuestros labios primero con pudor y
remilgo y después como bravatas: “como en España no se come en ningún sitio”,
“no hay vinos como los españoles”, “el prosciutto de los italianos es una
mierda comparado con nuestro jamón”, “estos canadienses no saben divertirse.
Tendrían que pasar una temporada en España”… El catálogo puede extenderse y
ahora el patrón establece la medida de nuestra nostalgia.
Canadá
es un país hecho de emigrantes. Los únicos canadienses nativos son los pertenecientes
a las naciones originarias o “primeras naciones”, siempre en permanente
conflicto con el gobierno federal por la defensa de sus derechos de origen. El
principal signo de identidad canadiense es la multiculturalidad y Toronto
es la ciudad del mundo con mayor diversidad étnica.
Podría
pensarse que ello ha forjado una sociedad abierta y solidaria en la que la
convivencia ha logrado homogeneizar la diversidad y diluir los nacionalismos en
el multietnicismo. Pero yo no lo creo. Más bien ha promovido de manera
inconsciente una estructura social en compartimentos estancos que establece
flujos de comunicación limitados. Los millones de ciudadanos del mundo que han
venido a parar a Canadá han traído consigo su patria, su fe y sus costumbres.
La Constitución canadiense de 1982 fue un traje a medida para que esa riqueza
étnica fuera la base de la nueva construcción nacional. Y como todos los
empeños ambiciosos, pronto registró fracturas y desajustes que han elevado a la
superficie una distorsión social que es palpable en cualquier nivel de la
sociedad canadiense.
Alguien
habló de la “esquizofrenia binacional” para referirse a Canadá. Se manifiesta
gráficamente en las grandes competiciones internacionales de fútbol con la
irrupción en los coches que circulan por el país de banderitas que informan de
la nación de origen de sus conductores. Conforme los equipos van cayendo
eliminados la diversidad de enseñas se va reduciendo hasta recuperar nuevamente
la normalidad: los canadienses tienen una relación de austeridad con la suya
propia, nada comparable a la pasional de los estadounidenses.
Paul Wells, periodista de “Maclean’s”, la revista de cabecera de muchos ciudadanos de este país, ha afirmado en alguna ocasión que la característica que resume la identidad de la sociedad de Canadá es “la experiencia compartida” que significa: “llegar de alguna parte, adaptarse y participar enseguida en los debates nacionales”. Se olvida de aportar otra realidad; quienes vienen aquí no acaban de irse nunca de sus países de origen ni renuncian a sus costumbres, religiones y tradiciones. Más bien el fenómeno de la emigración refuerza la melancolía de la identidad nacional individual. Las razones sentimentales anidan en el concepto mismo del nacionalismo y, como alguna vez me ha recordado mi amigo Enrique que escribió Max Aub, “uno es de donde estudió el bachillerato”. La experiencia canadiense me muestra cada día qué equivocado estaba Baroja.