Judy Garland, con tan sólo 16 años años, quedó consagrada de por vida con una de esas interpretaciones que condicionan la vida de todo artista, a pesar de futuras incursiones en el musical como Cita en San Luis (Vincente Minnelli, 1944) o Ha nacido una estrella (George Cukos, 1954). Garland da vida a Dorothy, una ingenua joven de Kansas a la que un tornado arrastra, junto a su inseparable perro Totó, hacia ese lugar "más allá del arco iris" -de ahí el título de su partitura principal, trufada de ilusión y esperanza- al que siempre había soñado. Desconcertada, la intrépida muchacha deberá seguir el camino de baldosas amarillas -al que, fruto del fuerte impacto del film, homenajean títulos posteriores como Corazón Salvaje (David Lynch, 1990) o Avatar (James Cameron, 2009)- que le guiará hasta Ciudad Esmeralda, en el que habita ese Mago que se antoja como la solución a todos los defectos de los que adolecen los acompañantes de la joven en su travesía y que, en el fondo, no son más imperfectos que cualquiera de nosotros. A lo largo de este recorrido, en el que al igual que en el camino de la vida se forjarán nuevas amistades al tiempo que se deberá buscar la forma más ingeniosa de combatir al enemigo, Dorothy se enfrentará a un inexorable proceso de maduración personal.
A raíz de este proceso, en el que aprenderá que la perfección en el ser humano no existe o en el que reafirmará su amor por los animales, Dorothy aprenderá otra gran lección: que, tal y como asegura su personaje en la última línea de guión, "realmente no hay lugar como el hogar". Al fin y al cabo, quizá la gran intención de Baum al escribir la historia no fuese más que hacer apología de la imaginación y la fantasía como herramienta para encarar los problemas; recursos vitales, a menudos olvidados por el ser humano, de los que podemos disponer desde nuestra propia casa. Todo vale en una obra que, bajo su colorista fotografía -que, inmisericorde, explotó la novedosa técnica del technicolor, que dejaba atrás el blanco y negro imperante hasta la fecha- y carismáticos y entrañables personajes, deja asomar por sus rendidas cierta tasa de causticidad que es la que la película se aleja de su esencia infantil -dentro de la cual se sigue encuadrando- para convertirse en algo mucho más adulto. Algo así como The Little Prince (Stanley Donen, 1974), adaptación para el cine del legendario cuento de Antoine de Saint Exupéry, que guarda con El gran mazo de Oz, además, más de una similitud temática.