Los amantes pasajeros, de entrada, se estrenó con el peor de los estigmas que puede padecer una película: una expectación abismal. Su público de siempre, y también el que se ha ido sumando a lo largo de esos 19 ejercicios de plena y absoluta libertad creativa, esperábamos encontrar el arrebato, la locura, el ingenio y ese aroma a políticamente incorrecto del que hacían gala, principalmente, sus primeros trabajos; films a los que hace un guiño al otorgar a Antonio Banderas y Penélope Cruz -musa del director a la que, por cierto, acierta a rendir homenaje, atención, con el nombre amputado de la compañía aérea: "Pe"- los primeros cameos de la obra. Lamentablemente, de la totalidad de personajes de la trama, sólo el desternillante trío de azafatos -integrado por Carlos Areces, Javier Cámara y Raúl Arévalo- y la camaleónica e intensa Lola Dueñas atesoran la casi totalidad de frases y momentos hilarantes de una película que se nos ha vendido como una chispeante comedia pero que, en el fondo, encierra una alarmante falta de comicidad. Descartado el humor como tabique principal -por mucho que la píldora musical de I´m so excited, de The Pointer Sisters, en el que la película se refugia y se recrea con conocimiento de causa, esté predestinado a ocupar una de los capítulos de oro en la comedia española- ¿cuál es el punto de vista desde el que hay que observar este nuevo ejercicio pop del director para hacerla recomendable?
Como sí funciona Los amantes pasajeros es como un espejo de la España actual: aeropuertos vacíos consecuencia de una mala gestión política, banqueros corruptos que parten hacia el extranjero en busca de la redención, estrellas del espectáculo que aseguran conocer la intimidad de la persona más importante del país -aunque, en un genial y calculado golpe de efecto, nunca se haga referencia a quién es, detalle que además llama a la reflexión acerca de la (presunta) libertad de prensa que existe en España-, ese tradicional padre de familia que mantiene escarceos homosexuales en sus ratos libres -como paradigma de la hipocresía como uno de los males mayores de las sociedad, sobre todo la que se desprende de los cargos de cierta responsabilidad-, la casi rocambolesca credibilidad que una parte de la sociedad otorga a falsas médiums, o profesionales de la estafa, quizá porque son las únicas en las que ya se puede confíar, etc. Almodóvar, en este sentido, no deja títere con cabeza. Por este motivo, es especialmente doloroso que el director no termine de explotar este punto de vista, y se rinda, sin embargo, al humor (excesivamente) escatológico y repetitivo, que presume de -dudosas- ínfulas de modernidad -confundir llamadas con mamadas está pasado de rosca- y, contra todo pronóstico, atascado en lo rudimentario, lo fácil y, lo que es peor viniendo de Almodóvar, en lo ya visto mil veces. El manchego sucumbe a lo que este cronista nunca hubiera podido imaginar: anteponer la comercialidad -explotar las claves del éxito de taquilla- a la calidad de un guión que, en su 80%, se antoja poco elaborado, inconcluso, falto de cohesión y, nunca mejor dicho, aparatoso.
No obstante, es de justicia reconocer que el estilo visual y la originalidad formal del director sigue impoluta, así como la maestría de Almódovar de convertir cada plano en todo un acontecimiento cinematográfico. Tampoco hay que pasar por algo su alegórico tramo final, ese brutal choque con la realidad a la que la sociedad se ha visto abocada en los últimos años. Con todo, quizá el único (y gran) problema de fondo de la película es que, al fin y al cabo, es un título menor en medio de una filmografía gloriosa. ¿Decepción? No ¿Un triunfo? Tampoco.