BIEN SER BIEN ESTAR.//--//
AMOR DE MADRE.//--//
Cecy Valerio.//--//
“El amor materno es
como la paz. No es necesario ganarlo ni merecerlo”. Erich Fromm.
En su libro “El Arte de Amar”, Erich Fromm dedica un apartado al amor
más grande que existe después del amor de Dios:
el amor materno. Y en este mes en que se festeja a las mamás, dedicaré
esta columna a todas estas mujeres que han recibido el don maravilloso de ser
madres. Retomando a Fromm,
reflexionaremos sobre algunas de sus afirmaciones sobre la gran
responsabilidad a nosotras conferida, la de dar amor a nuestros hijos.
El amor materno, como principio, es un amor incondicional. No se tiene
que ganar y tampoco se espera a cambio una recompensa por amar. Se ama a un hijo por su esencia como
tal, por el hecho único de ser hijo, no
porque lo merezca o no. Esta amor trasciende a un cuidado también incondicional
hacia el pequeño, físico y psicológico. A la vez, este amor se convierte en una
afirmación de seguridad en su vida.
Dice Fromm que lo anterior es un principio, un “debería ser”, y no significa que en la práctica siempre sea
así. Cuantas veces les damos a entender a nuestros hijos que los amamos por sus buenas acciones, sus calificaciones,
su cooperación en el hogar, sus buenos modales y también se les manifestamos
que de hacer lo contrario ya no cuentan
con nuestro cariño. El amor incondicional, su nombre lo dice, no pone condiciones. Creo que este amor es el
que practican la mayoría de las madres.
El amor materno implica cuidados, respeto, conocimiento y responsabilidad. Todo esto lo tiene que
realizar una madre sin contar con un instructivo anexo al recibir a nuestros
hijos en brazos después de que nacen. Nos vamos formando como madres,
equivocándonos, saliendo adelante. Recibimos este regalo de la maternidad con
una envoltura de amor y un moño enorme de paciencia.
Esta forma más elevada de amor y el más sagrado de todos los vínculos
emocionales, como lo describe Fromm, implica no sólo alimentarlos y verlos
crecer físicamente, lo cual nos llena de satisfacción, sino también educar(
cognitiva, emocional y espiritualmente), enseñar valores, inculcar amor a la
vida, tener fe en sus potencialidades ,
ayudarlos a descubrir sus talentos y acompañarlos. Esto último entendido como
el hecho de caminar con ellos, a su lado. El ejemplo es lo más importante para
lograrlo. En cuanto a la fe, señala Fromm que la presencia de ésta determina la
diferencia entre educación y manipulación.
Una vez que los hijos están bien equipados con un buen bagaje de
principios, valores, conocimiento y todas las herramientas necesarias para enfrentar con amor y responsabilidad sus
propias vidas, las madres debemos también alentar la separación, la partida, el
abrir de sus propias alas. Es aquí donde ya no nos gustó mucho el asunto, pues
ese “amor” es tan grande que los queremos siempre a nuestro lado.
Definitivamente hay aspectos psicológicos que determinan al amor de una
madre, y éstos pueden ser tanto positivos como negativos. En este último caso,
el gran amor se confunde con dominio, posesión y control. “ Yo tanto que te di,
entregué mi tiempo a tus cuidados y mira, ahora sales con que te vas”, dice la
madre sollozando ( y pasándole la factura) a su hijo de 25 años cuando decide hacer su
propia vida.
También confundimos el amor materno con una necesidad de trascendencia y
satisfacción personales. Estas necesidades
son, hasta cierto punto,
naturales en nuestras escalas de necesidades. Muchas veces utilizamos a
los hijos para lograrlo. Y luego decimos o escuchamos afirmaciones como
ésta: “Como mi deseo era tocar el
piano, ahora quiero que tú lo hagas. ¿Qué más quieres? Te voy a dar la
oportunidad.”, cuando el chico anhelaba estudiar pintura. La verdadera
necesidad de trascendencia busca solamente la felicidad de su creación, es
decir, de sus hijos.
Creemos que amar inmensamente a
nuestros hijos es un sacrificio que implica la disminución del amor a sí misma.
Dice Fromm que para ser buena madre se debe, por consiguiente, ser una persona
feliz. “ No hay nada que lleve más a un niño a la experiencia de lo que son la
felicidad, el amor y la alegría, que el amor de una madre que se ama a sí
misma”. Me encantó esta frase, al amarnos, valorarnos y apreciarnos como
mujeres, como personas o como madres, le estoy abonando a ese amor materno que
podré dar a mis hijos. De lo contrario, ¿ Qué les puedo dar, si no lo tengo?.
Un abrazo y Felicidades.