México se
caracterizó durante 71 años del siglo XX, como un régimen político de partido
hegemónico, el liderazgo estaba en manos del presidente en turno y de su
partido el PRI, apoyado por un fuerte aparato corporativista que mantenía en
equilibrio a todas las fuerzas políticas al interior de ese todopoderoso
partido político liderado por el Primer Mandatario del País, que a su vez,
designaba a su sucesor.
A comienzos de 1983, arribó Miguel de
Por ello, esta corriente renunció
expresamente al PRI a fines de 1987 y lanzó la candidatura de Cuauhtémoc
Cárdenas que pronto fue apoyado por los pequeños partidos comunistas,
conformando así el Frente Democrático Nacional (FDN), y dividiendo de modo
inusitado al “políticamente indestructible” Partido Revolucionario
Institucional que hoy está de regreso, a
12 años de haber quedado acéfalo con la derrota de su candidato
Francisco Labastida Ochoa, el PRI se cobijó en las numerosas gubernaturas que
conservó y cuyos gobernadores se volvieron auténticos caciques que han actuado
políticamente al margen de los dos presidentes panistas que han gobernado el
país, y, paulatinamente, fueron
cohesionando y reestructurando su poderoso instituto político que hoy es una
verdadera aplanadora como cuando era el
partido oficial, ahí radica el intenso y potencial peligro que representa este viejo
partido que otra vez ostenta la presidencia de México; innegable es que se
entronizarán otra vez en el poder, con sus atavismos intolerantes, excluyentes,
despóticos y arbitrarios.
Hoy el partido hegemónico está de regreso
en la Máxima Magistratura y México se debate ante una oligarquía mexiquense que
controla el ejercicio de la toma de decisiones que afectarán a toda la
ciudadanía nacional.