El guión, escrito por el propio director, gira en torno a Albert (Ake Grönberg), propietario de un circo que abandona su vida familiar para vivir una aventura con Anne (Andersson), una joven amazona que, a su vez, mantiene relaciones con Frans, un excéntrico actor de teatro. Una historia de triángulo amoroso, narrada en forma de flashback, en la que, sin embargo, lo que menos importa son los líos conyugales: el verdadero propósito del director es adentrarse en los conflictos internos de unos personajes que parecen vivir sin remordimientos de conciencia, extremadamente cínicos, consumidos por la angustia, por un irrefrenable hastío existencial y por la alarmante falta de ilusiones; su calidad humana brilla por su ausencia, quizá porque el mundo mezquino, intolerante y alineante en el que se desenvuelven, insolente, se la ha arrebatado; buena fe de ello da la escena, en el incendario último cuarto de hora de función, en el que el público asistente -en la que es una eficaz representación del conjunto de la sociedad- al espectáculo circense en el que se desarrolla el sangrante duelo final entre los dos protagonistas, desprovista de sentimientos, jalea a Frans mientras apalea salvajemente al dueño del circo. Pero el rasgo que mejor define a estos personajes es su doble moral, ejemplificada, en el apartado temático, en escenas como la de Albert a la hora de suplicar a su mujer un nuevo intento por rehacer su matrimonio -ignorando que el cine de Bergman las segundas oportunidades raras veces existen- o a la hora de reprocharle a Anne que le está engañando cuando justamente él está haciendo lo mismo con la que fue su mujer y, en el lado estilístico, en la obsesión del cineasta por recurrir a la simbólicas figuras del espejo en la composición de los planos -hasta el punto de que, la propia escena del suicidio del protagonista, se nos muestra principalmente a través del cristal-, de los animales, etc.
Noche de circo, como la mayoría de películas de Bergman, puede entenderse como un laberinto narrativo en el que se aplica la máxima del todo vale para demostrar que nadie como él -si acaso Haneke, director con el que guarda más de una similitud-, puede adentrarse, con tan poco esfuerzo aparente, por esos territorios de alto riesgo habitados por la complejísimas y fascinante relaciones humanas. Especialmente significativa por llevar el surrealismo hasta sus más altas cotas de expresión -la película, incluso, flirtea con el cine mudo, focalizando la atención del espectador al mero apartado visual-, Noche de circo está más cerca de ser un bucólico poema abierto a múltiples interpretaciones que a una película en sí. A Bergman nunca pareció asustarle que, además de poder resultar incomprendido por el gran público, se le tachase de ambicioso, en el sentido de condensar en un sólo film infinidad de cuestiones morales o temas tan espinosos como la imposibilidad de enamorarse -o, mejor dicho, de volverse a enamorar-, de una personajes para los que no existe ni el consuelo de un Dios que para Bergman no existe.
El realizador sueco, en definitiva, orquesta una obra sólida, potenciada por el buen hacer de sus actores, su magnífica ambientación y el aroma a desaliento -enfatizado por la incómoda banda sonora- que nunca deja de estar presente. Una pieza infravalorada de un director que tuvo que esperar hasta 1955 para alcanzar la gloria internacional. Sería con Sonrisas de una noche de verano, que lo consagró gracias al Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes, y en la que siguió dando forma a la esencia bergmaniana que pocas veces había resultado tan fascinante y excéntrica como en Noche de circo.