La indiferencia mató a la perra
Ciudadanía | 25/01/2013
Hay que ser malvado para no evitar el trágico desenlace. La solución era fácil. Cuestión de sensibilidad, de eficacia, de un rato de tiempo. Además se podía haber hecho por la noche, cuando el tráfico de trenes está detenido y las vías en reposo. Pero los responsables de la operación de rescate se mostraron indiferentes, pasivos. Decidieron no activar la emergencia de rastreo, de localización y de salvamento, y ello a sabiendas de que esa inmovilidad, ese desinterés y esa pereza iban a provocar la muerte del animal.

Me estoy refiriendo a la perra, color canela, de raza galga, que hace unos días murió atropellada, magullada, con miembros seccionados por atropello, desangrada, hambrienta y sedienta en las vías del Metro de Madrid. El infortunado animal agonizó tras deambular desorientado y aterrado de miedo por los túneles y vías entre estaciones en la zona de Sáinz de Baranda e Ibiza. Me la imagino deambulando desesperada, sin rumbo, dolida, temblorosa y agobiada. Era conocido que la esbelta perra llevaba algunos días recorriendo asustada el peligroso trazado subterráneo. Incluso algunos usuarios llegaron a fotografiar al animal galopando sin rumbo por las vías.

Tras el fatal desenlace, fuentes de Metro anunciaron que en varias ocasiones intentaron capturar a la asustada perra, pero les fue imposible por lo desconfiada y lo huidiza que en todo momento se mostraba. Esta justificación no es aceptable, y no lo es por varias razones. Ante la primera alarma que alertó de la presencia del animal en las vías, los responsables del Metro deberían de haber intentado por todos los medios capturarla y salvarla para evitar su muerte. Con la retirada de la perra galga del trazado de las vías, se eliminaba al mismo tiempo el inminente peligro que su deambular suponía para la circulación de trenes y para los viajeros. Es de suponer que el protocolo de actuación de Metro prevé la paralización del servicio ante la existencia de obstáculos.  

Algunas informaciones aseguran que la esbelta galga deambuló desesperada por el tinglado de vías durante dos o tres días. Es lamentable que durante todo ese tiempo, en lugar de capturarla, se haya consentido la tortura del animal recorriendo temerosa la instalación en busca de alguna salida habilitada.

En cambio se ha permitido que la perdida y desorientada perra, que posiblemente se adentró huyendo de alguna salvaje acción, haya estado sometida al agobio del paso veloz de trenes, a la horrible amputación de miembros por atropello de convoyes, al tormento de los ruidos, al agobio de la oscuridad de los túneles, a la incertidumbre, al hambre y a la sed. Sabemos que los perros no tienen alma, pero si tienen un corazón que les hace sentir, padecer y sufrir.El pobre animal, hasta agonizar desangrada, ha tenido que vivir horas de auténtico terror. Ha muerto entre dolores, miedo y pavor. Ha sido víctima de la insensibilidad.¡Pobre perra!

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