Haciendo gala una vez más de su impecable disciplina cinematográfica, Michael Haneke narra este profundo drama con una autenticidad que amilana, como si en lugar del objetivo de una cámara usara por herramienta un bisturí con el que diseccionar milimétricamente cada detalle de sus personajes, cuidadosamente estudiados. El director logra la conexión súbita con el conflicto por parte del espectador gracias a que los silencios de sus actores hablan más que las palabras, que el peso de sus miradas resultan más expresivos que sus propios gestos o que la práctica totalidad de la acción transcurra en interiores, algo que también puede observarse en Saraband (Ingmar Bergman, 2003), película con la que la obra del austriaco guarda más de una similitud. En efecto, nada de esto hubiese sido posible sin el extraordinario trabajo de sus dos actores principales, a los que Haneke coreografía de forma modélica, logrando que destilen unas dosis de verosimilitud y humanidad que son las que terminan de convertir Amor en todo un acontecimiento. No obstante, sólo podrán ser partícipes de la magnitud de la película o, por lo menos capturar toda la verdad que desprenden Anne y Georges, aquellos que hayan conocido el significado de la palabra que da título al film.
El Haneke de Amor es un Haneke en estado puro, donde aprovecha una vez más para poner de relieve su excéntrica y abrumadora personalidad del primer al último minuto: ahí está esa abrupta sequedad formal bajo la que se nos narra el relato, su absoluta predilección por el plano fijo -esa estampa del teatro en el tramo inicial es pura poesía-, los inspirados planos secuencia, los sutiles movimientos de cámara o su retorcido gusto por el fuera de campo. Es un acierto, además, que la única música a la que se recurre para enfatizar las emociones provenga de la propia acción de la película, omitiendo por completo cualquier inclusión de música no diegética que enfatice -o manipule- las emociones, una tentación que aquí se evita a toda costa. Un arsenal de virtudes técnicas que se ven empañadas, eso sí, por una duración algo excesiva -con la inclusión de escenas que no aportan mucho a la trama o algunos silencios demasiado alargados- y por la obsesión de un cineasta que, en momentos puntuales, no puede evitar recrearse en exceso en el sufrimiento y en la degradación física de su protagonista.