Cuando
el lama tibetano Sogyal Rimponché tomó contacto con la cultura occidental se
sobrecogió al darse cuenta de la ignorancia con respecto a cómo tratar a los
enfermos terminales y cómo enfrentarse a la muerte. Se llenó de compasión al
ver lo desvalidos que estaban tanto los moribundos, como sus familiares y el
personal médico a su cargo. Sorprendentemente, la sociedad más avanzada del
mundo había perdido la caridad por sus semejantes y la conciencia de que la
muerte es solo una transformación hacia otro estado de Vida…
Fue
entonces cuando decidió escribir un libro dirigido a todas las personas de
cualquier credo. Haría el esfuerzo de tratar de simplificar las ideas tibetanas
vinculadas a la vida y a la muerte para poder calmar los corazones heridos,
tanto de los moribundos, como de sus seres queridos. “El Libro Tibetano de la Vida y
de la Muerte” es un canto
a la esperanza de que la vida no termina con la muerte del cuerpo físico, sino
que sigue un proceso evolutivo hacia la Energía que nos vió nacer.
A lo
largo del libro, Sogyal Rimponché hace alusión a creencias tibetanas con
respecto a las fases de la muerte, denominados bardos. Estados/realidades
diferentes de la mente, desde
el momento que se fallece hasta la Iluminación del Ser. Para facilitar su
comprensión hace una similitud con las etapas más conocidas de personas que han
tenido una experiencia extra
corporal hasta ser reanimadas. Es decir, basándose
en la vivencia de muchas personas, detalla como al salir del cuerpo se podría
sentir bienestar y la capacidad de percibir todo alrededor aunque su presencia
ya no fuera física. Podrían verse familiares o seres conocidos y queridos por
la persona y una luz inmensa que invita a atravesar un túnel hacia ese estado
de paz absoluta.
La
profundidad, belleza y sabiduría de sus palabras solo puede ser transmitida a
través de sus propias enseñanzas en el libro, la intención de este artículo no
es resumir su obra, sino darla a conocer para ayudar a los moribundos y a sus
familiares a afrontar el miedo al deterioro físico y al dolor. Es una llama
viva de impulso para afrontar esos momentos finales con valentía y compasión.
Como
en occidente la mayoría de los enfermos terminales fallecen en hospitales o en
residencias de ancianos, sería importante crear un ambiente acogedor y pacífico
para la persona enferma. Evitar discusiones, visitas aglomeradas y tensiones
alrededor del moribundo. Darle la mano con afecto y escuchar sus temores.
Ayudarle a reconciliarse con quién tenga que hacerlo. Pasar las fases de
rechazo a la muerte, rabia, dolor, depresión y aceptación.
Rezar si se tiene fe, cualquiera que esta sea. Desnudar emociones
y dejar que el corazón se exprese, aunque sea a través de la voz del silencio. Despedirse del enfermo y darle
permiso para continuar su camino, no lo hará si no está seguro de que los
que se quedan estarán bien. Se recomienda evitar llorar en el momento de la
muerte porque la conciencia del moribundo es muy vulnerable en esos momentos.
De hecho en Tibet mucha gente elige morir sola para no apegarse a nadie y poder
descansar en paz justo después de fallecer. Se cree que es mejor no mover el
cuerpo y dejarle en reposo durante tres días para el comienzo de su tránsito de
una manera serena y sin interferencias.
Sin
embargo, en occidente es impensable seguir esas creencias. El personal médico
se precipita a ver el estado del paciente, cuando la reanimación o las medidas
de mantenimiento vital pueden ser causa de perturbación, molestia y distracción
en el momento crítico de la muerte. “El
pensamiento que se tenga al morir regresará al despertar” por eso hay que procurar que sea
sereno.
¿Qué pasa a partir de entonces?... ¿Qué ocurre desde el momento
en el que una persona fallece?... ¿Termina
ahí su historia para siempre o revive hacia otros estados en un viaje hacia las
estrellas?... El ego se apega a nuestra identidad actual, pero la esencia de
vida que hay dentro de cada cual anhela “volver a casa” como un río que
desemboca en el mar.
Dicen los tibetanos que podrían pasar 49 días desde que la
persona fallece hasta que se vaya de este plano físico. Es momento para
perdonarnos por nuestras faltas. Se es el juez y el acusado. En ese tiempo
sugieren que se rece por el difunto y se atienda a sus familiares, que se
recuerde semanalmente el día y la hora de su fallecimiento y se envíe luz al
fallecido. Sería recomendable evitar disputas entre sus parientes porque esto
podría entorpecer su evolución. En este nuevo estado de conciencia “no
físico”, se es si acaso más receptivo y vulnerable. Pasada esta etapa, su espíritu tendría
que pasar por nuevas fases previas a la reencarnación según los tibetanos o a
su fusión con la divinidad o la fuente de Vida.
Nos encontramos ante el misterio
de la existencia, “¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?” Cada cultura y credo tendrá una manera
de enfocarlo, pero la realidad es que el hombre se encuentra solo y atemorizado
ante la idea de la enfermedad, de la pérdida de un ser querido o de su propio
fallecimiento. En la cultura de la ciencia y de la tecnología seguimos sin
tener respuestas claras sobre un tema a evitar: la muerte.
Personas como Sogyal Rimponché o la psiquiatra suiza Elizabeth
Kübler-Ross se han acercado a nuestros temores desde la compasión y la
dedicación, desde su experiencia con muchos enfermos a los pies de su cama y de
su alma. Como diría Buda: “Os
he mostrado el camino de la liberación, ahora os toca a vosotros recorrerlo”.
MARIA CICUÉNDEZ