Aprender a morir, aprender a vivir
Ciudadanía | 20/01/2013

Cuando el lama tibetano Sogyal Rimponché tomó contacto con la cultura occidental se sobrecogió al darse cuenta de la ignorancia con respecto a cómo tratar a los enfermos terminales y cómo enfrentarse a la muerte. Se llenó de compasión al ver lo desvalidos que estaban tanto los moribundos, como sus familiares y el personal médico a su cargo. Sorprendentemente, la sociedad más avanzada del mundo había perdido la caridad por sus semejantes y la conciencia de que la muerte es solo una transformación hacia otro estado de Vida…

Fue entonces cuando decidió escribir un libro dirigido a todas las personas de cualquier credo. Haría el esfuerzo de tratar de simplificar las ideas tibetanas vinculadas a la vida y a la muerte para poder calmar los corazones heridos, tanto de los moribundos, como de sus seres queridos. El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte es un canto a la esperanza de que la vida no termina con la muerte del cuerpo físico, sino que sigue un proceso evolutivo hacia la Energía que nos vió nacer.

A lo largo del libro, Sogyal Rimponché hace alusión a creencias tibetanas con respecto a las fases de la muerte, denominados bardos. Estados/realidades diferentes de la mente, desde el momento que se fallece hasta la Iluminación del Ser. Para facilitar su comprensión hace una similitud con las etapas más conocidas de personas que han tenido una experiencia extra corporal hasta ser reanimadas. Es decir,  basándose en la vivencia de muchas personas, detalla como al salir del cuerpo se podría sentir bienestar y la capacidad de percibir todo alrededor aunque su presencia ya no fuera física. Podrían verse familiares o seres conocidos y queridos por la persona y una luz inmensa que invita a atravesar un túnel hacia ese estado de paz absoluta.

La profundidad, belleza y sabiduría de sus palabras solo puede ser transmitida a través de sus propias enseñanzas en el libro, la intención de este artículo no es resumir su obra, sino darla a conocer para ayudar a los moribundos y a sus familiares a afrontar el miedo al deterioro físico y al dolor. Es una llama viva de impulso para afrontar esos momentos finales con valentía y compasión.

Como en occidente la mayoría de los enfermos terminales fallecen en hospitales o en residencias de ancianos, sería importante crear un ambiente acogedor y pacífico para la persona enferma. Evitar discusiones, visitas aglomeradas y tensiones alrededor del moribundo. Darle la mano con afecto y escuchar sus temores. Ayudarle a reconciliarse con quién tenga que hacerlo. Pasar las fases de rechazo a la muerte, rabia, dolor, depresión y aceptación.

Rezar si se tiene fe, cualquiera que esta sea. Desnudar emociones y dejar que el corazón se exprese, aunque sea a través de la voz del silencio. Despedirse del enfermo y darle permiso para continuar su camino, no lo hará si no está seguro de que los que se quedan estarán bien. Se recomienda evitar llorar en el momento de la muerte porque la conciencia del moribundo es muy vulnerable en esos momentos. De hecho en Tibet mucha gente elige morir sola para no apegarse a nadie y poder descansar en paz justo después de fallecer. Se cree que es mejor no mover el cuerpo y dejarle en reposo durante tres días para el comienzo de su tránsito de una manera serena y sin interferencias.

Sin embargo, en occidente es impensable seguir esas creencias. El personal médico se precipita a ver el estado del paciente, cuando la reanimación o las medidas de mantenimiento vital pueden ser causa de perturbación, molestia y distracción en el momento crítico de la muerte. “El pensamiento que se tenga al morir regresará al despertar” por eso hay que procurar que sea sereno.

¿Qué pasa a partir de entonces?... ¿Qué ocurre desde el momento en el que una persona fallece?...  ¿Termina ahí su historia para siempre o revive hacia otros estados en un viaje hacia las estrellas?... El ego se apega a nuestra identidad actual, pero la esencia de vida que hay dentro de cada cual anhela “volver a casa” como un río que desemboca en el mar.

Dicen los tibetanos que podrían pasar 49 días desde que la persona fallece hasta que se vaya de este plano físico. Es momento para perdonarnos por nuestras faltas. Se es el juez y el acusado. En ese tiempo sugieren que se rece por el difunto y se atienda a sus familiares, que se recuerde semanalmente el día y la hora de su fallecimiento y se envíe luz al fallecido. Sería recomendable evitar disputas entre sus parientes porque esto podría entorpecer su evolución. En este nuevo estado de conciencia “no físico”, se es si acaso más receptivo y vulnerable. Pasada esta etapa, su espíritu tendría que pasar por nuevas fases previas a la reencarnación según los tibetanos o a su fusión con la divinidad o la fuente de Vida.

Nos encontramos ante el misterio de la existencia, “¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?” Cada cultura y credo tendrá una manera de enfocarlo, pero la realidad es que el hombre se encuentra solo y atemorizado ante la idea de la enfermedad, de la pérdida de un ser querido o de su propio fallecimiento. En la cultura de la ciencia y de la tecnología seguimos sin tener respuestas claras sobre un tema a evitar: la muerte.

 Personas como Sogyal Rimponché o la psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross se han acercado a nuestros temores desde la compasión y la dedicación, desde su experiencia con muchos enfermos a los pies de su cama y de su alma. Como diría Buda: Os he mostrado el camino de la liberación, ahora os toca a vosotros recorrerlo”.     

 

 

MARIA CICUÉNDEZ

www.mariacicuendezluna.com

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