Hace algunos año pasé
unas vacaciones en la localidad navarra de Beintza-Labaien, lo que me dio la
oportunidad de recorrer los Valles Tranquilos, una maravillosa comarca al norte
de Navarra, que ahora he tenido la suerte de poder rememorarlos gracias a la novela “Hojas
de otoño” del escritorJulio César Cano, que tiene, entre sus
virtudes, trasladarnos a aquella geografía de cultura euskaldun, sumergiendo al
lector en un ambiente de mística belleza natural, a la vez que lo empapa de la
idiosincrasia de sus gentes, en un mundo de relaciones reconocibles hasta la
intimidad de sus habitantes. Aquí es donde reside la magia de esta novela, que
empieza con la llegada de una joven pareja con niña a la localidad de Zubieta
en busca de una oportunidad laboral, que encontrará su destino en la cercana
localidad de Donamaría, al cruzarse en su camino un viejo caserón que
perteneció a un indiano llamado Miguel Mitxea. A partir de aquí su vida entrará
en un torrente de sentimientos, de encuentros y desencuentros, que van a marcar
su futuro, sobre todo cuando la historia de Miguel Mitxea les envuelva en un
remolino mágico, de misterio y pasiones desenfrenadas, que transcurre paralela
a las tortuosas relaciones que establecen con algunos vecinos, igual que ellos
foráneos, de la zona.
Durante buena parte de la novela la joven pareja vive en dos mundos, uno real,
marcado por unas relaciones de amistad difíciles y envueltas envidias y odios
inútiles, que nos señala hasta dónde puede llegar la estupidez humana, y
otro mágico en la medida que van conociendo la
historia truculenta del dueño del caserón, un hombre de la comarca que emigró a
Chile huyendo de su destino, y que tras años de éxito económico y amoroso,
volvió a los Valles Tranquilos, para reencontrarse con el fantasma de la
locura, que creía haber exorcizado al otro lado del océano Atlántico.
Hay en estas dos historias convergentes, que son como balizas que señalan el
camino de la pareja protagonista hasta encontrarse ellos también con su propio
destino, una lección de sobre el lado oscuro de las personas y de cómo las
pasiones sin control y los sentimientos desmedidos pueden marcar la vida de
cada uno. Pero también de superación ante la mordedura de la iniquidad,
aferrándose a las cosas cotidianas, al amor como madero de salvación en el
naufragio, y sobre todo nos enseña cómo la vida de otras personas, incluso ya
desaparecidas, es capaz de influir en la nuestra.
“Hojas de otoño”, tiene una forma de narrar distinta para cada historia: la cotidiana y actual de la pareja, que es lineal y bien escrita, y la de Miguel Mitxea y todo lo que tiene que ver con el caserón en el que acaban viviendo nuestros personajes principales, que es de una factura literaria magistral en todos sus aspectos. Julio César Cano ha escrito una hermosa novela sabiendo integrar dos mundos de forma lúcida a través de un personaje misterioso, no humano, en un territorio donde la brujería ha marcado su historia, para lo bueno y para lo malo, haciendo que la novela también respire un cierto halo mistérico. Una lectura que no les va a defraudar.