La primera
vez que escuché la pregunta retórica sobre por qué los venezolanos
opositores no salieron a la calle a defender su opinión política fue durante la
mañana del 16 de agosto de 2004, horas después de conocerse los resultados del
referendo revocatorio del mandato presidencial. Según muchos exit poll efectuados durante la
prolongada jornada de votación (colas de diez a quince horas para sufragar), la
tendencia que decían que iba punteando (“Sí” a la salida del cargo del Presidente de la República) se
revirtió sorprendente, insólita y contundentemente.
Durante esa madrugada (se anunciaron los escrutinios sobre las cuatro de la mañana) dijeron que se fraguó el fraude electoral que mantuvo en el puesto presidencial al líder de la revolución bolivariana. Entonces, quedó flotando la interrogante sobre por qué, si la oposición era mayoría y se sentía vulnerada, estafada por el resultado del referendo, esas masas hartas y ofendidas no salieron a la calle a defender sus votos, a exigir la revisión de las urnas y el lógico recuento reivindicativo.
Quienes se extrañaban sinceramente argumentaban que la decepción, el despecho más bien, por la derrota (no electoral, sino institucional: “mi voto es fácil de violar por un sistema que no me respeta”) era tan inmensa como el océano, pesada como un edificio. El dolor causado por la pérdida de aquella oportunidad legítima había sumergido al colectivo perdedor en una autocompasión absoluta, se esgrimía.
Quienes se burlaban de los perdedores o quienes observaban desde afuera el proceso daban respuestas convergentes: nadie salió a la calle a defender nada, decían, a exigir, a quemar el mundo en protesta por la violación de un derecho fundamental porque en realidad no eran tantos o porque sabían que habían perdido. Así, cada vez que la oposición venezolana reclama fraude, trampa, ventajismo y por el estilo en eventos comiciales*, desde fuera (llámese oficialismo u observadores internacionales) se le echa en cara que si fuese verdad lo que reclaman saldrían a defender lo suyo en la calle. Una autocrítica que también se hacen quienes se oponen al gobierno bolivariano.
La calle
pareciera pues el único escenario considerado rotundo y legítimo
por todas las partes para obtener victorias y reivindicar derechos (no la ley,
curiosamente, y sobre todo no doblegar la abstención). Si las personas no salen a la calle, dicen,
es porque aceptan que perdieron y nada tienen que apelar. A la calle salieron los seguidores bolivarianos
a exigir el retorno al poder del Presidente en abril de 2002, y la calle toman
cada vez que se les convoca, es cierto. Pero también en la calle estuvo la
oposición venezolana persistentemente durante tres meses consecutivos a finales
de 2001 durante el paro nacional. En la calle se ha hecho, se hace, lo que se
puede. Pero si bien la calle no es, en estos albores del siglo 21, un camino prescindible
tampoco debe ser exclusivo. En pleno
fulgor de la sociedad de la información no es, no puede ser la protesta
callejera el método más eficaz. Conserva su cualidad como modo de presión, sí, pero
se ha tornado en uno simbólico, anárquico y efímero (véase el caso reciente de
los indignados planetarios). No es la calle, no debe ser hoy, el centro de
acción de una causa justa (sea cual sea la causa).
Tal vez se
desea una foto que rote por los medios de comunicación del mundo que muestre el
desgarro de las multitudes venezolanas peleando entre sí en defensa de sus
ideales, como tantas veces hicieron cristianos y paganos, cristianos y judíos,
cristianos y cristianos. Una foto dramática que resuma en una imagen el choque
encarnizado entre quienes defienden el régimen y quienes lo rechazan sería la
noticia perfecta. Una foto más apropiada para fanatismos religiosos o luchas
revolucionarias y estudiantiles de lo que fue la primera mitad del siglo
XX. Una foto que al día siguiente será
olvidada. Incluso cuando el vicepresidente de Venezuela, Nicolás Maduro,
advierte, como provocación estratégica, que el gobierno no permitirá “que
incendien el país” en respuesta a una presunta intención opositora de llenar
las calles con manifestaciones, sabe él, sabe el gobierno, saben los
revolucionarios y sabe la oposición que esa es una idea falaz: nadie tiene
realmente ganas ni intenciones de rasgarse ninguna vestidura.
En Venezuela todos saben que la actual situación presidencial es insólita, irregular. Sean de una u otra postura política. Quienes desean el retorno al poder del Presidente que eligieron no se atreven a exigir una fe de vida, pero la quieren, la necesitan, aunque no han tomado la calle para exigirla. Quienes consideran que hay una usurpación de las funciones presidenciales, la tienen peor: el liderazgo opositor, contrario a lo esperado, es una molécula, una suma de átomos desconcertados, timoratos, ingenuos, sin visión estratégica ni de largo plazo, cuyo único acierto consiste en subestimar la convocatoria velada y táctica que les lanza cada tanto el oficialismo para que salgan a la calle y les den un nuevo motivo para desprestigiarlos todavía más y reprimirlos. En cualquier caso, las calles venezolanas están “vacías” y Twitter está recargado. No hay un punto medio para canalizar insatisfacciones, por ahora.
@yeniterpoleo
(*) Desde 1998, cuando fue elegido por primera vez Hugo Chávez como presidente de la República, motor de lo que ha llamado “revolución bolivariana” (conjunto de reformas estructurales e institucionales de los sistemas político, económico, productivo y social), se han efectuado en Venezuela 14 convocatorias a las urnas: 3 presidenciales, 4 parlamentarias, 5 regionales y 5 referendos (1. Para elegir Asamblea Nacional Constituyente; 2. Para aprobar la nueva Carta Magna; 3. Para revocar el mandato presidencial de Hugo Chávez; 4. Para reformar la Constitución aprobada en 1999; 5. Para enmendar la Constitución e incluir la reelección presidencial indefinida).