La muerte es esa pariente “oveja negra
de la familia” a la que todos reconocemos, pero muchos quieren olvidar,
dejar al margen como si no existiera. La muerte es una realidad desde el
momento de nacer, sin embargo en “la sociedad de la imagen y el consumo”
no tiene cabida porque estropea la foto. Por tanto no se nos enseña a entender
la muerte ni a concebirla como parte natural del proceso vital. La muerte es un
misterio que muchas veces se atraganta en el corazón del hombre.
Cuando fallece un ser querido nos
quedamos consternados con un vacío que no sabemos cómo llenar. En función de
las creencias de cada cual, unos encontrarán más consuelo que otros, pero sin
duda todos tendremos que pasar por el ineludible proceso de duelo. Habrá tantas
reacciones al respecto, como personas. Unos necesitarán acercarse a todo
aquello que les recuerde a quién falleció y otros lo evitarán todo lo posible.
Unos llorarán y exteriorizarán su pérdida, otros no podrán hacerlo aunque
quisieran. El tiempo sanará la herida lentamente.
La manera en la que la que el mundo
occidental vive la muerte no aporta mucho consuelo a los familiares del
fallecido. Además de tener que asumir su dolor hay que ineludiblemente pasar
por un sinfín de trámites burocráticos, de seguros, de tanatorios y de notarios
que dejan el alma encogida a los más sensibles. ¡Y es que la muerte es un
negocio como otro cualquiera, además garantizado!
Negocio estudiado al detalle para su
mayor rentabilidad. Por ejemplo, en muchos tanatorios ofrecen un servicio de
catering que parece incluido en el precio final pero que va a parte, detalle
que puede pasar inadvertido en tales circunstancias y que quedará como la
anécdota de “los sándwiches más caros de sus vidas”.
Sin duda uno de los momentos más duros es
cuando en los funerales previos a la incineración se cierra una cortina para
despedir el féretro. La idea detrás es que los familiares no se queden en la
capilla y dejen entrar a los siguientes. Sin embargo, la crueldad de la
inesperada despedida deja a los familiares inconsolables. La recogida de
las cenizas en el cementerio también es otra situación traumática para la que
no tenemos preparación previa. Es un trámite más que hacer con la mayor
frialdad posible para no sufrir. La persona encargada deja las cenizas en un
atril confirmando que pertenecen a la persona correcta y los familiares salen
de la sala sin saber muy bien qué hacer.
Como el corazón es más resistente de lo
que sabemos y los españoles tenemos ese sentido del humor tan característico se
podrían contar infinidad de anécdotas en cuanto a los traslados de las cenizas
a su destino final.
La tradición católica nos recuerda el
miércoles de Ceniza que “polvo eres y en polvo te convertirás”… como
recordatorio de que el cuerpo es solo el vehículo físico del alma. La cultura
judeo-cristiana nos aporta una mezcla de esperanza de “la resurrección de la
carne” y de pésames infames al más puro estilo de “La Casa de Bernarda
Alba”…
Cada cultura y religión tiene unas
tradiciones y creencias más o menos amables con respecto a cómo vivir la
muerte. De entre todas ellas, consuela cómo los lamas tibetanos ayudan a los
enfermos terminales a no tener miedo para liberar el alma. Los aborígenes de
Australia y los sufís siguen un protocolo similar. Los mexicanos destacan por
recordar a sus difuntos con alegría, con mariachis y con comida y tequila que
le gustaban en vida. Alrededor del mundo, muchos se visten de blanco a modo de
luto y cantan para celebrar el paso “al otro lado”, a su vez, otros se
visten de negro y su canto es lúgubre y lastimero.
Me cuenta una amiga griega que en su país
creen que cuarenta días después del fallecimiento de alguien su alma sigue
pululando en el aire para resolver asuntos pendientes antes de fundirse en el
más allá. La película “Troya” muestra rituales funerarios de una gran
belleza como es el pago de dos monedas para el barquero hacia la Vida Eterna.
En India se cree que el Ganges es el rio sagrado para la renovación del Espíritu.
En esta búsqueda de respuestas
existenciales, la doctora suiza Elizabeth Kübler-Ross dedicó gran parte de su
vida a ayudar a enfermos terminales y sus familiares a la aceptación de la
muerte para la liberación del dolor. Sus libros reflejan el testimonio de sus
pacientes y de las experiencias extra corporales de algunos de ellos en estado
de coma. Todos contaban lo mismo, cómo veían un túnel y la presencia de seres
queridos que les acompañaban.
Tanto crédulos cómo incrédulos tendremos
que pasar por ese proceso en la rueda de la vida. Lo que puede marcar la
diferencia es la actitud con la que lo hagamos. ¿Cómo afrontar la muerte de
nuestros conocidos y la nuestra propia?... ¿Consolaremos a los afligidos o
miraremos hacia otro lado porque la muerte nos da miedo?... ¿Podríamos cambiar
mentalmente el significado que damos a la palabra “muerte”?... ¿Podría ser
transformación?... cada cual tiene la respuesta en su corazón.