Los Fines de la Historia
Historia | 02/01/2013

¿Para qué sirve celebrar el grito de Independencia o la Revolución Mexicana?

     ¿Para qué sirve conmemorar con ceremonias numerosos hechos históricos?  Sirve  no  para   explicar  los  episodios  del  pasado, las ceremonias no las explican, sino para organizar ese pasado en función de los requisitos del presente.  Es  justamente  -la función ideológica de la historia-  que hay que distinguir de  -la función científica- de la historia.

     Los fines de la historia son científicos  cuando no pretenden sino describir un hecho, singular, único, irrepetible, para dar una representación legítima del pasado. Los fines de la historia son ideológicos cuando buscan interpretar los hechos en función de una idea, con el objeto de dar una visión pragmática del pasado.

     Ambas facetas son distintas, a veces contradictorias, pero también se complementan.

     Tucídides, interesado en “conocer la verdad de las cosas pasadas” es el padre de la historia científica. Plutarco, evocador de “vidas ejemplares” es padre de la historia didáctica (o ideológica o reverencial o pragmática)  es la que predomina en México, de la que fue enemigo un Gómez Farías o un José María Luis Mora o un Narciso Bassols, todos dominadores  –gracias a sus finísimas cualidades intelectuales-   del ejercicio en la enseñanza de la historia científica.

     Bassols la llamó (igual que otros expertos en teoría de la historia)  “historia de bronce”. Su propia historia es larga. Fue celebrada por la Antigüedad (maestra de la vida la llamó Cicerón) y sacralizada en la Edad Media (gran anciana consejera y orientadora, la llamó Pío II).  Pero llegó a su plenitud en el siglo decimonónico,  cuando al ofrecer la certeza de un pasado colectivo, se impuso como elemento de unificación entre las naciones que surgían primero en Europa y luego en América.  De suerte pues, que la historia hacía comprensibles los lazos que unían a la colectividad, con lo que contribuía decisivamente a dar cohesión y unidad a los pueblos.

     Todos los gobiernos del mundo privilegian la historia didáctica (o reverencial o ideológica o pragmática) sobre la historia científica, por medio de sus discursos, sus actos y sus monumentos. En México en el decimonónico, esa historia fue utilizada para consolidar la nacionalidad de los mexicanos que estaba prácticamente ausente producto de una serie de enconos atávicos surgidos en la época colonial y que devinieron en guerra civil los primeros 50 años de nuestra  vida independiente.

     Los mexicanos conocieron entonces   -su historia oficial-   la del Liberalismo triunfante, creada por Porfirio Díaz  “el héroe de la paz”, quien es el inventor del culto a Juárez García, sí, ese mismo que estuvo a punto de eliminarlo para sofocar “el Plan de la Noria” que atentaba contra su gobierno, no obstante, durante la dictadura de Porfirio Díaz Mori se mandó construir el Hemiciclo a Juárez, más tarde la Avenida Juárez.

     Esa historia oficial porfirista culminó con las fiestas del Centenario, la Revolución, no la cambió,  más aún, la refrendó por una poderosa razón, la historia oficial o reverencial o ideológica: “hace soñar, embriaga a los  pueblos, engendra en ellos una falsa memoria, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas llagas, los atormenta en el reposo, los conduce a la megalomanía o al delirio de persecución,  y  vuelve a las  naciones   –amargas, soberbias, insoportables y vanas-.

Comentarios

1 - - 14/10/2014 23:19
gracias por ser tan estupido hijo de tu mama
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