¿Para
qué sirve celebrar el grito de Independencia o la Revolución Mexicana?
¿Para qué sirve conmemorar con ceremonias
numerosos hechos históricos? Sirve no para
explicar los episodios del pasado,
las ceremonias no las explican, sino para organizar ese pasado en función de
los requisitos del presente. Es justamente
-la función ideológica de la historia-
que hay que distinguir de -la
función científica- de la historia.
Los fines de la historia son científicos cuando no pretenden sino describir un hecho,
singular, único, irrepetible, para dar una representación legítima del pasado.
Los fines de la historia son ideológicos cuando buscan interpretar los hechos
en función de una idea, con el objeto de dar una visión pragmática del pasado.
Ambas facetas son distintas, a veces
contradictorias, pero también se complementan.
Tucídides, interesado en “conocer la
verdad de las cosas pasadas” es el padre de la historia científica. Plutarco,
evocador de “vidas ejemplares” es padre de la historia didáctica (o ideológica
o reverencial o pragmática) es la que
predomina en México, de la que fue enemigo un Gómez Farías o un José María Luis
Mora o un Narciso Bassols, todos dominadores
–gracias a sus finísimas cualidades intelectuales- del
ejercicio en la enseñanza de la historia científica.
Bassols la llamó (igual que otros expertos
en teoría de la historia) “historia de
bronce”. Su propia historia es larga. Fue celebrada por la Antigüedad (maestra
de la vida la llamó Cicerón) y sacralizada en la Edad Media (gran anciana
consejera y orientadora, la llamó Pío II).
Pero llegó a su plenitud en el siglo decimonónico, cuando al ofrecer la certeza de un pasado
colectivo, se impuso como elemento de unificación entre las naciones que
surgían primero en Europa y luego en América. De suerte pues, que la historia hacía
comprensibles los lazos que unían a la colectividad, con lo que contribuía
decisivamente a dar cohesión y unidad a los pueblos.
Todos los gobiernos del mundo privilegian
la historia didáctica (o reverencial o ideológica o pragmática) sobre la
historia científica, por medio de sus discursos, sus actos y sus monumentos. En
México en el decimonónico, esa historia fue utilizada para consolidar la nacionalidad
de los mexicanos que estaba prácticamente ausente producto de una serie de
enconos atávicos surgidos en la época colonial y que devinieron en guerra civil
los primeros 50 años de nuestra vida
independiente.
Los mexicanos conocieron entonces -su
historia oficial- la del Liberalismo triunfante, creada por
Porfirio Díaz “el héroe de la paz”,
quien es el inventor del culto a Juárez García, sí, ese mismo que estuvo a
punto de eliminarlo para sofocar “el Plan de la Noria” que atentaba contra su
gobierno, no obstante, durante la dictadura de Porfirio Díaz Mori se mandó
construir el Hemiciclo a Juárez, más tarde la Avenida Juárez.
Esa historia oficial porfirista culminó
con las fiestas del Centenario, la Revolución, no la cambió, más aún, la refrendó por una poderosa razón,
la historia oficial o reverencial o ideológica: “hace soñar, embriaga a los pueblos, engendra en ellos una falsa memoria,
exagera sus reflejos, mantiene sus viejas llagas, los atormenta en el reposo,
los conduce a la megalomanía o al delirio de persecución, y
vuelve a las naciones –amargas, soberbias, insoportables y vanas-.