La trama de Donkey Punch, a cargo de un director y guionista cuyo mérito principal fue firmar el libreto de la destacable Vinyan (2008) no destaca precisamente por su originalidad: Lisa (Sian Breckin), Kim (Jaime Winstone) y Tammi (Nichola Burley), son un trío de chicas inglesas que, durante sus vacaciones en España, conocen a cuatro chicos que les invitan a seguir su particular fiesta en un yate en alta mar. Sin pensarlo dos veces, las jóvenes acceden unirse a un viaje -plagado de sexo, drogas y alcohol- que será el comienzo de una claustrofóbica lucha por sobrevivir cuando una de las jóvenes fallezca víctima de una sobredosis, auténtico punto de inflexión del film. La primera gran pregunta viene en forma de intenso debate moral: ¿cómo deshacerse del cuerpo? Mientras los hombres pretenden desprenderse del cadáver tirándolo por la borda, las mujeres se muestran convencidas en avisar a las autoridades. Sin embargo, este abrupto accidente será el comienzo de una trama laberíntica en la que no hay escapatoria posible. A la hora de filmar dicha trama, Blackburn no disimula lo ajustado de su presupuesto -apenas un millón de dólares- ni el breve periodo de tiempo en el que ha sido rodada -alrededor de 20 días-; es decir, no pretende dar gato por liebre. Sin embargo, aunque el cineasta se muestra consciente que no está filmando una gran película, sabe que su proyecto es superior a la media y que cuenta con un buen arsenal de situaciones capaz de mantener en vilo al espectador.
A pesar de que su argumento pueda resultar un tanto convencional, y que la película no pueda evitar caer en los tópicos más manidos del género -final previsible incluido-, Donkey Punch se deja ver porque su punto de partida atrapa -aunque éste tarde más de media hora en llegar- y, muy especialmente, porque no sólo refleja muy fielmente esa porción de la juventud, hedonista, que basa su particular concepto de diversión en estupefacientes o en el placer del sexo, sino que además muestra que este tipo de comportamiento tiene unas (fatales) consecuencias. En este sentido, es como si Donkey Punch pusiese los puntos sobre las íes a un grupo de descerebrados que, quizá demasiado tarde, han asimilado que el concepto de nihilismo en el que han sustentado sus vidas no hay sido más que un engaño en el que ocultar sus propias carencias.
Lecturas aparte, Donkey Punch adolece en varios puntos: por un lado, se echa en falta mayor énfasis dramático a la propuesta -a pesar de que la trama va creciendo en intensidad- que nos ayude a empatizar con unos personajes demasiado desdibujados; por otro, tampoco le beneficia la elevada dosis de escenas sexuales -en su mayoría gratuitas- que dejan poco a la imaginación, a pesar de que habrá alguno que justifique su inclusión para dejar patente ese mundo de sordidez y perversión en el que se mueven sus personajes. No obstante, con lo que conviene quedarse con esta película presentada en el Festival de Sundance -donde conquistó al público y a la crítica presente-, es por su capacidad por construir con muy pocos medios, técnicos y económicos, una propuesta que atrapa precisamente por esta factura técnica descuidada, casi de piloto automático, además de por una exquisita y estratégicamente escogida banda sonora que incluye temas del calibre de Heartbeats - Rex de Dog Remix, de The Knife, Young Folks, de Peter, Bjorn & John, Don´t save us from the flames, de M83... un repertorio que, por sí solo, justifica su visionado.