Apoyándose en una seductora estructura de narración por capítulos -la película está integrada por un total de 6 piezas hilvanadas, a priori, de la temáticas que recorre de punta a punta el film, esto es, la ineficacia del género masculino frente al femenino-, Gay hace desfilar por Una pistola en cada mano una serie de situaciones cotidianas, absolutamente creíbles, con la que es fácil empatizar. Esta collage narrativa, que sigue el mismo esquema de la también notable, aunque inferior, 8 citas (Peris Romano & Rodrigo Sorogoyen, 2008) -también a la hora de desvelar en el capítulo final que todos sus integrantes varones están, de alguna manera, relacionados-, consigue salvar el principal escollo de otras historias corales manteniendo un nivel de calidad homogéneo entre todos sus episodios. En efecto, es imposible decantarse por cualquiera de las 6 historias, todas teñidas de ese ingrediente emocional tan difícil de conseguir -marca de la casa-, que van desfilando en el relato: nos enternecemos con el fracasado Eduard Fernández, envidiamos al triunfador Leonardo Sbaraglia, nos apiadamos del redimido Javier Cámara y, si pudiésemos, le daríamos un abrazo a Ricardo Darín y abofeteríamos a Eduardo Noriega. Es la magia de una película que, durante sus 95 minutos, se olvida de que es precisamente eso, una película, para transformarse en un espejo de la realidad social. Sin excesos, sin atropellamientos, siempre con el enternecedor objetivo de la cámara encima de sus protagonistas, en búsqueda permanente de detalles de este cóctel de personajes vulnerables que, de la forma más inocente del mundo, se ganan al espectador desde su primera aparición.
Basculando de forma envidible entre el drama y la comedia, la sensación que provoca Una pistola en cada mano es tan agridulce como la vida misma: hay
espacio para el humor, sí, pero también para ofrece una pulcra y casi
nostálgica mirada sobre esa generación de hombres mayores de 30 años que
-a buenas horas- vienen a replantearse el sentido de sus vidas o, simplemente, andan en busca de un instante de felicidad, precisamente porque "nadie les avisó de que esto iba a ser así".
Todo construído en base a unos enfrentamientos dialécticos vivaces
-nunca acaramelados ni manipuladores- que encierran detrás de cada
palabra un eco nostálgico, como si pidieran a gritos que tuviésemos
misericordia de ellos, de que la necesidad de que la vida les conceda
una segunda oportunidad... o, quizá, porque son conscientes de que, en el fondo, hay aspectos imposibles de cambiar.
Haciendo gala de una extraordinaria sobriedad formal y de un talento
infinito a la hora de extraer todo el jugo a sus personajes, el
principal arma emocional que usa Gay para conmover al personal es la
honestidad con las que están construídas las frases de su guión; a
través de ellas, además de regalarnos más de un giro narrativo bastante
sorprendente, evidencia que hombría y virilidad son conceptos
relativos, que los hombres adolecen de ese sexto sentido del que
presumen las féminas -dentro de esa fina y atípica disección de
las diferencias entre ambos sexos- y que, ante ciertos dilemas morales
-culpas, arrepentimientos, medias verdades...- no hay una única opción
de maniobra. En definitiva, un notorio ejemplo de cómo una pequeña película puede convertirse en un espectáculo para las masas, gracias a su apego con la realidad y a su amplio abanico de (emotivas) situaciones. Un triunfo.