A pesar de que resulta extremadamente complejo hablar de La vida de Pi sin haberla disfrutado, conviene advertir de las múltiples lecturas a la que se expone una obra más intimista y menos comercial de lo que nos han vendido. Como sial propio director le saliese del alma, la película , más allá de su formidable apartado técnico -se tiende al permanente embellecimiento de todos y cada uno de sus fotogramas-, es una ficción en la que filosofía y espiritualidad se alían de forma nada casual para hablar de lo que es la temática central del film: la capacidad de creer en algo. Es inevitable la sensación de que Lee, que se muestra absolutamente comprometido con esta máxima que es la que mueve el tinglado, lo que realmente le preocupa es la terrible falta de fe del S.XXI que, por su manerla de diseccionarla, convierte en una de las patologías más frecuentes de la contemporaneidad. Esta teoría choca frontalmente -o no- con el hecho de que algunos espectadores interpreten La vida de Pi como un simple y llano alegato de la religión, como si el hecho de hablar de una fuerza superior estuviese ligado irremediablemente con algún credo. Más allá de aristas de tintes budistas, islamistas o católicas -que, en mayor o menor medida circulan por la cinta, lo que no hace sino abrazar la teoría de lo que lo que importa es creer, el qué da igual-, de lo que nos habla la película es de la capacidad innata que tiene el ser humano de aferrarse a lo intangible, a lo desconocido, en busca de afecto, consuelo y, como en el caso de la historia que aquí se nos narra, aliento para poder sobrevivir. Pero el director, insaciable,hilvana el asunto de colocar a su personaje central en una situación límite con la asombrosa fortaleza de la que goza el ser humano; una vitalidad que Pi, el protagonista de la función, experimentará en forma de un viaje interior, infinitamente más apasionante que la propia travesía física en la que se ve embarcado.
Pero, además de los recovecos laberínticos que ofrecen su pose mística, La vida de Pi es mucho más: es desde una declaración de amor absoluta a la naturaleza y a los animales en unos tiempos en los que el medio ambiente no parece la principal preocupación del hombre -de hecho, por instantes la película adquiere tintes de documental marino, de enorme belleza-, hasta un sentido homenaje a la India -un país al que un director, por fin, se empeña en mostrar como colorista y de una riqueza cultural enorme, dejando de lado sus miserias-, pasando por la extraordinaria capacidad de imaginación de la que, por naturaleza, goza una raza como la humana que únicamente se salvará y, por ende, saboreará el éxito, si sabe jugar bien sus cartas -o, en lenguaje de la película, si logra ver "lo que sus ojos esconden"-. Por este motivo, el hecho de que Ang Lee -cineasta con un coeficiente de inteligencia notablemente superior a la media y que, una vez más, demuestra estar más cerca de su condición de poeta que a la de cineasta, ya de por sí brillante- tome por bandera la suspensión de la credibilidad -la trama central del tigre es, en sí, surrealista, por mucho que se trate de una metáfora- es insignificante, puesto que es la excusa de la que se sirve para abordar estas y otras cuestiones del film.
Trufada de escenas de fastuoso poderío visual, de pura adrenalida
digital, que hará creer de la fuerza del cine para transmitir emociones
incluso en el espectador más escéptico -realzadas por el efecto del 3D,
imprescindible en esta ocasión-, La vida de Pi es quizá
aún más impresionante por lo que no se ve, por su implacable trasfondo
que exige de más de un visionado para capturar todos sus pliegues.
Más allá de algún que otro exceso digital perdonable o de una
introducción excesiva, conviene quedarse con la franqueza de un director
alérgico a cualquier tipo del sentimentalismo -al que tanto se presta
la historia y que Lee, rechaza una y otra vez, ejemplificado al máximo
en la escena en la soberbia escena final del tigre-, dispuesto a
hipnotizar al personal con sus cinco sentidos y camuflando, bajo su
barniz amable, de apto para todos los públicos, un relato de denuncia en
el que cabe desde el racismo hasta la superficialidad de nuestra era,
sin que ello implique renunciar al espíritu lúdico de la propuesta. Una
obra que, ambientada en un universo en el que conviene perderse y
regodearse, nos recuerda una de las más paradójicas reflexiones
acerca de la vida: que el miedo y el temor son sentimientos vitales
para, como Pi, poder llegar a buen puerto.