“A menos que se pueda probar que aquellos valores en
apariencia diferentes son en realidad proporcionales, tendría que haber tres
modelos de crítica distintos: el primero basado en la construcción, el segundo
en la utilidad y el tercero en la estética. Cada uno podría ser razonable,
completo y, dentro de su propia esfera, válido.”
Instruidas y enriquecedoras dicciones de Geoffrey Scott,
las cuales postulan de carácter indirecto nuestra realidad
perentoria, es decir un globo terráqueo saturado en variabilidad y
prácticamente derogado en aspectos estáticos, haciendo notar una evolución que
tiende a inflarse de talantes irregulares por el mismo afán del ser humano de
crear riquezas materiales sin importar la condición en que las agencie. Ese es,
claro está, el punto de partida que vulnera con negativos argumentos aquel
derecho habitual del ser humano, basado en la libertad para actuar y profesar
dominio sobre sus raciocinios, por el complejo hecho de fiscalizar a través de
agentes externos cuyo grado de aporte enriquecedor es nulo, y este derecho que
acompaña los primeros pasos del ser humano se ve claramente quebrantado por la
sociedad de consumo, y la concepción de vida plena y exquisita en valores puede
hacer parte de una atmósfera conflictiva e irracional en el ejercicio de la
conciencia individual.
“En esa época estaba habituada ya a las aventuras curiosas y en el mundo
en que vivía nada era considerado imposible. Por lo tanto, consentí en realizar
el singular préstamo y pocos días después envejecí un año más. Casi nadie se
dio cuenta y hasta los cuarenta años viví alegremente mi vida sin acudir al año
que había dado en depósito y que debía serme restituido.”
Es así como un contexto luctuosamente determina en el universo de la
apariencia a una dama de excelentes bases éticas que en su colisión con las
exigencias de un caos aristocrático, tiende a postular como sublime objetivo un
ilusorio elixir de la vida que única y exclusivamente la injerta en un
laberinto cuyas salidas se encuentran selladas a la verdadera avenencia
interior y solo se abrirán cuando la consumación decida ubicar en su silueta,
el eufemismo de la fatalidad. De ahí que esta obra abierta a ser de rol
reflexivo e inclusive repudiada, permite plantear en universos análogos un encadenamiento
de postulados que desembocan en el hecho de cavilar que si las excentricidades
materiales fuesen anuladas, la existencia vacía de ciertos "humanos"
fracasaría al fundirse esta dependencia y se hallarían en riesgo inminente.
Mientras aquellos que son grandes en sabiduría, sabrían aplicar perfectamente
la teoría de adaptabilidad y sobresaldrían por el aspecto analítico que
encamina el diario vivir. En ese caso, el ego material buscaría lo espiritual
como soporte o se hundiría más en su propio veneno? Ahí subsistirá la
fluctuación o incógnita en estado latente y constante que hacen recordar el
estado de ceguera humano en el que tanto hizo énfasis José Saramago.