William Miller, predicador
y militar estadounidense, gran fundador del Movimiento Adventista del Séptimo Día,
estudiando las profecías del vidente Daniel, del Antiguo Testamento, llegó a la
conclusión de que el 22 de Octubre de 1843 vendría Jesucristo a la tierra,
comenzaría el juicio final de las naciones y se acabaría el mundo en aquel día.
Y así se los comunicó a sus feligreses y amigos, de la
iglesia metodista, de la masonería y de otros que le seguían en aquel tiempo.
El anuncio y sus supuestamente muy serios argumentos
bíblicos que lo sustentaban, causó tal revuelo, que decenas de miles de yanquis
de ambos sexos y de varios estados norteamericanos se prepararon para aquel
formidable evento. Dejaron de pagar sus deudas, compraron sábanas blancas y
confeccionaron albas túnicas para salir a recibir al Emperador, al Rey de
Reyes, al Señor de Señores, a Jesús, el Verbo de Dios que venía en gloria y
majestad al mundo, para juzgarlo por el fuego. Tal como dice la Biblia.
Y salieron a las plazas de los pueblos, subieron a las
azoteas de los edificios y casa más altas de sus ciudades y aldeas, y allí,
orando y alabando a Dios y a su Hijo, pasaron todo el día 22 de Octubre. Y no
sucedió nada. Fue la gran decepción. Y la gran risotada de los que no creían en
aquel anuncio.
William Miller se sintió muy triste y responsable de aquel
gran fiasco. Y se apresuró a tomar su biblia y reestudiar el asunto. Así llegó
a la conclusión de que su cálculo era erroneo, y que el Señor vendría a la
tierra en el mismo 22 de octubre, pero del año 1844.
Y, tal como ocurre siempre, en que las esperanzas tardan
mucho en morir, sobre todo en un siglo tan romántico como el siglo XIX, la
gente ingenua y piadosa volvió a creer en lo que se les anunciaba con el apoyo
de las Santas Palabras. Nuevamente las tiendas de telas se quedaron sin lino
blanco, pues había nuevas túnicas blancas que confeccionar y usar para aquel
magno encuentro con el Maestro de Galilea en su segunda venida.
Y nuevamente vino la gran decepción, el Señor no llegó a
visitar a su Pueblo y a dar por terminada la obra de la creación. Ya William
Miller nunca más se atrevió a proclamar la fecha de la segunda venida del
Mesías en gloria y majestad. Su vergüenza y su estupor, por fin lo volvieron a
la sensatez que el mismo Cristo tenía, cuando los apóstoles le asediaban con
las clasicas preguntas acerca de la fecha del fin del mundo.
A ese respecto, Jesús les dijo a sus embajadores enviados:
"PERO DEL DIA Y DE LA HORA, NADIE SABE, NI AÚN LOS ÁNGELES DE LOS CIELOS,
SINO SOLO MI PADRE". (Mateo 24,36).
Y ahora estamos igual, repitiendo los mismos errores de
William Miller, usando a los Mayas en vez del Profeta Daniel, y manteniendo el
alma de los simples y de los ingenuos en un hilo, tensos y ansiosos, imaginando
apocalipis o cinturones electrónicos planetarios, esperando el cambio de ciclo
o la catástrofe cósmica creada por algún asteroide loco que se le ocurra pasar
demasiado cerca de la tierra. O bien un alineamiendo con el centro de la
galaxia que ya a ocurrido miles de veces en la historia del mundo y que no ha
dañado a nadie. (Ya ocurrió en el 21 de Dic. del 2001 y en el 21 de Dic. del
2003).
Otros ingenuos esperan que los extraterrestres vengan en
flotillas a rescatarlos de su propia inercia e ignorancia. O bien que el cambio
de Era les haga evolucionar sin esfuerzo personal, como si dijeramos,
dejándonos llevar por la marea del cosmos, que nos levantaría, si o si, de
nuestro bajo nivel de conciencia.
En realidad, si el mundo está como está, es culpa nuestra.
El mundo no ha cambiado pues cada uno de nosotros se ha negado a cambiar y a
ser mejor, desobedeciendo las reglas más básicas del buen vivir que aconsejan y
mandan las santas escrituras de todas las religiones. Hemos cosechado lo que
hemos sembrado. La hora de cambiar eso ES SIEMPRE, no a contar del 21 de
Diciembre del 2012.
El mundo solo cambiará cuando cada persona decida ser más
noble, vencerse a si mismo, librarse de sus pecados, y caminar por senderos de
amor, de sabiduría y de justicia. Para hacer eso no hace falta haber llegado al
último mes del 2012.
Basta un examen de conciencia honesto, en la Presencia de
Dios o del Yo Soy Eterno, y comenzar, tal vez a dejar de fumar, y de decir
palabrotas, saludar a la gente, a transmitir alegría y fe en vez de mala
voluntad. Y un tiempo mayor de oración y para enseñar la religión a nuestros
hijos, pues ellos heredarán la tierra y nuestros errores, o nuestros
aciertos...... .-