El legado cultural que recibimos de nuestros mayores, sus
razones acerca de los problemas cotidianos, sus opiniones, sus consejos, sus sugerencias, dada la tremenda
magnitud de los cambios que vivimos desde el fin de la II Guerra
Mundial, y más aún desde la década de los sesenta, nos resultan inadecuados o en
todo caso insuficientes para afrontar los problemas del día a día de nuestras
vidas. Las opiniones que nos ofrecen, y
a veces tratan de imponernos, suelen estar ancladas en un pasado que si no es muy
remoto en el tiempo, sí es en cambio muy
distinto a nuestro presente cotidiano. No obstante, sus razonamientos se
sustentan en una gran experiencia, lo que los hace interesantes y dignos de ser
escuchados a la hora de encontrar argumentos y posibilidades que no se nos
hayan ocurrido antes a nosotros y no viene
mal tenerlos siempre en cuenta.
El mundo se nos hace también cada vez más difícil por la debilidad
de unas tradiciones llamadas occidentales que ya no nos orientan sobre los
caminos a seguir. Tratamos de encontrar nuestro sendero a solas y muchas veces nos
perdemos, y damos un paso atrás, y dejamos de sintonizar con nuestro deseo y
aparece el malestar que nos dice que tenemos que buscar otras posibilidades. Nuestro
descontento nos informa cuando no hay amos, nuestra ansiedad es cómplice imprescindible
de nuestra libre existencia.
Queramos o no, parece que necesitamos cada vez con más urgencia pensar por nosotros mismos, estar mejor preparados que las generaciones precedentes para sobrevivir. Tenemos por delante el reto de la progresión geométrica de la población del planeta, de la tecnología y de la ciencia en general, que nos obliga a tener que aprender cosas nuevas constantemente. Al menos dentro de nosotros mismos somos cada vez más libres, cada vez dependemos más de nuestras propias decisiones para afrontar la vida. Se trata de un proceso inexorable, de un viaje sin retorno, en el cual, queramos o no, todos tenemos un billete de ida. Cuanto más nos informamos, cuanto más cosas aprendemos, cuanto más nos defraudan nuestros gobernantes y más nos fallan nuestros líderes espirituales tanto más libres nos hacen, más competentes para generar ideas nuevas, para cuestionar las opiniones más inamovibles, y para pensar por nosotros mismos. Ya no se trata de aprender a resignarnos con el destino que nos ha tocado vivir, ni de obedecer órdenes sin apenas comprender su significado, ni de asimilar códigos de conducta obsoletos, la libertad que se nos viene encima como un aguacero nos brinda cada vez más posibilidades de decidir por nosotros mismos pero también nos hace más responsables de nuestra propia vida y de nuestro propio futuro.
La libertad representa a primera vista una clara ventaja,
pero también puede ser experimentada por muchas personas como una imposición
que les deja desamparados, algo así como una complicación inesperada. Y no les
falta cierta razón, la libertad cuesta aceptarla, no nos olvidemos de las ventajas
oscuras de la mansedumbre para evitar castigos, de la sumisión resignada, que
deja a la libre disposición del amo la responsabilidad sobre nuestra propia vida
“liberándonos” del deber de cuidar de nosotros mismos, de la posibilidad de que
nos equivoquemos, de que nos sintamos culpables. El miedo a la libertad se
esconde tras muchas de las protestas inútiles que enviamos a nuestros gobernantes,
tras las quejas repetitivas y los reproches que les hacemos por sus malas
gestiones. A muchas personas les aterroriza en lo más íntimo la idea de la
libertad y se niegan a aceptar la carga
que les supone vivir sin la autoridad de un libro de instrucciones debajo del
brazo, o lo que viene a ser lo mismo: vivir buscándolo pero sin fiarse de ninguno en particular, quejándose
de todos. Donde hay libertad, una sola idea vale más que un millón de quejas.
Salvador Crossa Ramírez.