Cinco de la tarde. Pero el
tiempo, que pasa rápido en los días, se detiene eternamente en los minutos y
segundos del día, diluyéndose entre los deseos de hacer algo útil y la
desesperación de que no hay nada que hacer. Así más o menos se siente un
desempleado joven y preparado, que observa cómo sus esfuerzos se quedan
paralizados, precisamente en lo que deberían ser los años más productivos de su
vida. Si por el contrario, pasamos las horas comprobando en internet las
últimas ofertas que podrían encajar con su formación, la desesperación se eleva
a la quinta potencia, ante la retahíla de puesto para los que se siente
preparado, pero para el que exigen irremediablemente experiencia previa, conditio sine qua non para poder
realizar cualquier trabajo, por básico que este pueda ser. Ante esta situación,
cualquiera - con carrera universitaria, master/s e idiomas incluidos- se
pregunta qué pudo hacer mal o que falla en el sistema. No es posible que las
empresas pretendan tener gente joven, con elevada preparación y además, 5 años
de experiencia en el sector. ¿en qué país vivimos? ¿en qué nos quieren
convertir? sin experiencia previa...no somos nadie. Pero... ¿quién nos ofrece
la posibilidad de aprender y de equivocarnos una y otra vez? ¿quién arriesga su
empresa en el afán de preparar el capital más valioso de una empresa, es decir,
su capital humano? Entiendo el otro lado: es cómodo contratar a alguien que sea
un crack en lo suyo y además otro/s hayan aguantado sus errores hasta
convertirlo en un empleado óptimo para producir y ser exprimido - a parte el
tema del salario, que hoy no toca.
Por ese motivo, algo falla.
Queremos, deseamos trabajar. Estamos dispuestos a adquirir esas destrezas que
no se aprenden en ninguna facultad, esas que no enseñan en los libros. Estamos
dispuestos a dar lo mejor de nosotros y evitar - aunque para qué engañarnos, es
imposible - los errores. Estamos dispuestos. ¿Pero quién está dispuesto a
darnos la oportunidad de mejorar nuestras habilidades? A veces, es necesario
una cura de humildad y recordarles a aquellos que hoy están liderando las
empresas del futuro, y las pymes más relevantes, que ellos también fueron
jóvenes y que también quisieron que alguien les diese su primera oportunidad. Y
efectivamente, alguien asumió el riesgo de dársela. En este mundo globalizado a
velocidad de tuits, quizás carecemos de algunas de las grandes virtudes
humanas: la confianza y la humildad. Quizás de esta forma, menos gente optaría
por la vía de la emigración (al margen cuestiones como la aprendizaje del
idioma y cuestiones varias que explican este fenómeno reciente en España).
Quizás debamos plantearnos
seriamente nuestro mercado laboral, y reconocer sus carencias. Algo que de
momento, no ha sido posible.