Ésta es sin duda
una pregunta compleja que diferentes enfoques disciplinarios han tratado de
responder desde la filosofía, la biología, la psicología. A finales de los años
90, encontramos recién corrientes de pensamiento que hacen hincapié en la
importancia de los factores socioculturales y emocionales en el proceso de
aprendizaje. A partir de año 2000, a medida que se fueron conociendo los
resultados de múltiples investigaciones sobre el funcionamiento del cerebro, se
reconoció la importancia de la base neural en las ciencias del aprendizaje y la
importancia de conocer cómo, el cerebro humano, procesa la información que le
llega a través de su input sensorial y así, poder diseñar modelos educativos y
estrategias de enseñanza-aprendizaje a la medida de las posibilidades de los
aprendices, acordes a las posibilidades y etapa de la vida de los mismos. Una
conclusión importante de todas estas
investigaciones, fue que no importa la edad, siempre es posible aprender si se
enseña de acuerdo a las posibilidades de cada cerebro. De este modo, surgieron
nuevas interrogantes: ¿cómo y sobre todo, cuándo, podemos aprender mejor y más
rápido?; ¿hay períodos más propicios para el desarrollo del cerebro?; ¿Qué
papel juegan las emociones, la motivación y la autoestima en el aprendizaje?;
¿qué peso tienen las condiciones ambientales , el entorno o contexto en que se
imparten las clases, para que la persona logre un adecuado aprendizaje?;
¿Cuáles son las causas orgánicas, que dificultan la adquisición de habilidades
matemáticas o para la lectura?
Todo esto se va
develando a medida que avanzan los estudios en el área de la neurociencia,
disciplina que se nutre de variadas disciplinas como la biología, la
psicología, la química, la anatomía, la física y la informática. De este modo,
los neurocientíficos han demostrado que hay una nueva ciencia del aprendizaje,
que debe basarse en el conocimiento del funcionamiento del cerebro y debe
desarrollar nuevas metodologías de abordaje y de enseñanza, en consecuencia,
con los hallazgos que se van conociendo, y centrar a los sistemas educativos,
más en el “cómo” del aprendizaje que en el “que”. ¿Por qué este niño no
aprende?; ¿Por qué no logra una adecuada adquisición de los conocimientos, de
acuerdo a su edad y grado?; ¿qué le pasa al chico?; ¿qué causa su conducta?
Estas
problemáticas deben abordarse con una perspectiva integral en la que se
articulen la neurología, la neuropsicología, la genética, la biología, la
química, la psicología, la física, la
pedagogía, la sociología, entre otras disciplinas que forman parte de las
actuales neurociencias. El Premio Nobel de Fisiología y Medicina 2000, E.
Kandel, ha logrado comprobar que las potencialidades de la conducta de un
individuo, (el “hasta dónde puede llegar”), se produce por mecanismos genéticos
y evolutivos, así como por factores ambientales y de aprendizaje, que actúan en
el cerebro y producen cambios estructurales y funcionales de las células
nerviosas específicas que intervienen en los procesos de lectura, escritura,
cálculo, memoria y otras funciones que intervienen por supuesto en el
aprendizaje académico de los chicos. Estados emocionales y procesos cognitivos
que sustentan el aprendizaje, (memoria,
atención, lenguaje, etc), tienen una base biológica, lo que implica que el
estudio de las áreas más deficitarias, aquellas en las que el niño no logra lo
esperado, requiere el abordaje de un equipo de profesionales que trabaje dentro
del marco de las neurociencias.
“Las bases de la ciencia neural contemporánea, considera que todos los
procesos mentales son biológicos y cualquier alteración de los mismos es
orgánica”.
Kandel, Jessell, Schwartz Neurociencia y conducta.
Hoy podemos
conocer algunas de las áreas del cerebro encargadas de la activación del
pensamiento y de la óptima realización de habilidades relacionadas con la
aritmética y del reconocimiento de palabras; y hasta se pueden medir los
cambios en el sustrato neuronal producidos por los tratamientos de reeducación
o rehabilitación que intervienen sobre funciones cerebrales que están
alteradas. En el área del lenguaje, por ejemplo, conociendo cuáles son los
módulos cerebrales encargados del lenguaje, y de qué modo procesan la
información, se pueden diseñar estrategias correctivas y nuevos métodos para
enseñar a aquellos niños o adultos que presentan dificultades en el dominio de
esta importante área de aprendizaje. Gracias a la plasticidad cerebral, base de
los mecanismos de la memoria y del aprendizaje, hemos confirmado de forma
experimental que nuestras neuronas, sufren una remodelación permanente en
función de la experiencia que vivimos. Las conexiones nerviosas no son fijas ni
inmutables, algunas se destruyen pero otras se crean para adaptarse. Y lo más
novedoso, de este planteo, es que toda experiencia nos deja una huella asociada
a un estado corporal. Es decir, concretamente, que aplicado a la situación de
enseñanza-aprendizaje, la forma y condiciones ambientales y emocionales en que
yo haya adquirido un conocimiento en el aula o en otro entorno, van a
determinar un determinado estado corporal asociado, de placer, de displacer, de
angustia, de ansiedad, de miedo, de satisfacción, etc. y este estado se
“guardará” en nuestro cerebro asociado a ese aprendizaje. Cada vez que realice
una lectura o evoque un recuerdo relacionado a ese contenido, se disparará en
mí ese mismo estado somático que se “guardó” al incorporar el conocimiento. Por
ejemplo, si mi profesor de matemática, logra acaparar mi atención y me enseña
la ecuaciones de una forma amena, de modo que me permita encontrarle relación y
significado en mi vida cotidiana, y me permita activar mis conocimientos
previos, es más probable que cuando
tenga que hacer la tarea de matemática, la emoción placentera que se “guardó”
en el momento de adquirir el conocimiento, me lleve a estar motivado para dar
lo mejor de mí. Se podrá entonces dimensionar la importancia que tiene el cómo
se adquiere un conocimiento, cómo influye el estado emocional del docente y del
educando, cómo influyen las variables ambientales, (ruidos, luz, cantidad de
alumnos, etc), cómo influye a la hora de hacer las tareas en casa, tener una
mamá o un papá junto al niño, para que modere su ansiedad, le hable con
dulzura, evite que se desate una batalla campal que impregne la atmósfera
familiar de malestar. Investigaciones de los últimos años, han podido comprobar
también, cómo los tratamientos de reeducación y rehabilitación
multisensoriales, elaborados a la medida de las necesidades de cada persona,
que se realizan con una frecuencia semanal adecuada y con compromiso de parte
del paciente, logran no sólo una mejoría de las funciones cerebrales alteradas,
sino también, modificaciones en la estructura cerebral, acorde a las
constataciones que se han realizado mediante el uso de neuroimágenes. Es decir,
por ejemplo, que un tratamiento que apunta a mejorar un trastorno específico
del lenguaje como la dislexia, no sólo mejora los resultados que el niño
obtiene en el área de lenguaje, sino que favorece la creación de nuevas
sinapsis. Las terapias, los tratamientos de intervención reeducativa, modifican
el sustrato neuronal. También se ha comprobado la importancia de que los
educadores y los alumnos conozcan qué parte de su cerebro usan en las diferentes
tareas escolares que realizan. De acuerdo a todo esto, podemos entender que los
docentes, deben manejar no sólo información relacionada sobre los contenidos de
sus materias, sino que deben contar con el conocimiento sobre el trabajo
realizado por los neurocientificos acerca de cómo “aprende” el cerebro, y
cuáles son algunos de los métodos y estrategias de aprendizaje más eficaces. La
visión optimista que dejan las neurociencias, tiene que ver con el hecho de
que: Aprender algo, es modificar la estructura
del cerebro, formar nuevos circuitos cerebrales, nuevos módulos o estructuras
cerebrales, y esto se produce en cualquier etapa de la vida.
Prof. Mario Valdez -
Neuropsicología del Lenguaje
Dra. Silvia Pérez Fonticiella
Consultora en Neurociencias.