En cierta
ocasión le pregunté a un amigo mayor que yo, pediatra y conocedor del
Psicoanálisis que cómo podría quitarle el chupete a mi hijo que ya había
cumplido dos años, lo habíamos intentado todo, le dije. Si el chico no va
armado es fácil, me contestó medio en broma, no tienes que temer por tu
vida, lo difícil sería convencerlo de que dejara de usarlo. Aprendí aquella
lección, las confusiones semánticas son muy frecuentes en nuestro día a día
y muchas veces constituyen la causa oculta de no pocos conflictos incluso
entre personas maduras y razonables, más aún entre niños y adultos o entre
adultos y adolescentes.En este caso concreto que yo le
planteaba a mi amigo, como en otros muchos casos, tendríamos que haber empezado
quitándole gravedad al asunto, pues no se conocen adolescentes que usen
chupete, ni siquiera niños de ocho o nueve años, y en todo caso los problemas
que traería el hecho de que mi hijo utilizara el chupete más allá de la edad
indicada no son problemas de aparición segura y aún en el caso de que
aparecieran no serian graves. Pero sobre todo, lo más importante: Tratar
de ir cambiando en nuestra mente ese “quitar” por un “ayudar a dejar”, más
consecuente con el respeto que toda persona merece.
La función del instinto succionador es de vital importancia para
los mamíferos, la clase de animales a la que pertenecemos y va mucho más
allá de la simple necesidad alimenticia. El llamado reflejo de succión sin
alimento nos provee de placer y de sensación de seguridad, favorece un mejor descanso
durante las horas de sueño y regula las pausas entre las comidas. Los tejidos y
los órganos implicados en la succión adquieren una especial sensibilidad
erógena y de expresión de afectos de vital importancia para el resto de la
vida. Besar, comer, chupar, morder, tienen y han tenido a lo largo de toda la
historia de la humanidad y a pesar de las modas y los cambios de valores
connotaciones eróticas, tiernas, sexuales y afectivas de todo tipo.
Deseos movidos por instintos que son variantes del reflejo succionador
originario de la infancia y permanecen con nosotros durante el resto de
nuestra existencia. No es por tanto un asunto banal tratar de vérselas con este
instinto de succión `presente no ya desde los primeros minutos de
vida,sino antes del nacimiento y que nos acompañará con sus lógicas variaciones
a lo largo de toda la vida,determinando el manejo de nuestra afectividad e
incluso de nuestras preferencias sexuales más íntimas.
La Academia Americana de Pediatría aconseja sin titubeos el
uso del chupete para el bien de los niños y mayor gloria de las marcas
comerciales, ya que al parecer disminuye el riesgo de la temida Muerte Súbita
del Lactante. Pero a partir de los dos años parece ser causa de problemas de
malformación dentaria, otitis de repetición, candidiasis, aftas bucales y no
contribuye a mejorar el llanto debido al cólico del lactante ya que al
succionar el niño traga aire.
Las necesidades de chupete suelen disminuir e incluso desaparecer
a partir del año y medio o los dos años de vida extrauterina, pero existe
un importante grado de variabilidad en parte debido a las peculiaridades
de cada individuo y en buena medida a los condicionantes a que se vea
sometido por parte de sus cuidadores. Quienes hemos sido padres sabemos lo fácil
y lo cómodo que resulta calmar a un niño poniéndole el chupete. En inglés
al chupete se le llama “pacifier” pacificador, y si nos paramos a pensarlo,
solo un momento, nos daremos cuenta de cómo muchos de nosotros hemos
enseñado a los niños a usar el “pacificador” como una droga calmante. Hay
cuidadores que aumentan sin proponérselo el deseo por parte del niño de
utilizar el chupete y en otros casos más favorables encontramos cuidadores que
facilitan la evolución natural del interés por la utilización esta fuente instintiva
de placer y confort concentrada en los labios y sus alrededores que nunca deja
de estar presente en la vida de relación, aunque de formas muy diferentes.
Nunca se debe quitar el chupete
El acto de “Quitar” sea un chupete a un niño contra su voluntad, o
cualquier otra cosa provoca en él una falta, y la falta siempre estimula
el deseo, predispone a la aparición de comportamientos compulsivos, y no lo
olvidemos, genera sufrimiento. La imposición de abandonar el chupete
priva al niño de un apoyo afectivo que quizá no esté preparado para
abandonar y es muy probable que lo sustituya de alguna forma con
otro objeto e incluso con los propios dedos. Todos los maestros saben con qué
avidez chupan y muerden muchos niños e incluso muchos adolescentes los lápices.
Animarle a que deje el chupete puede que no sea tan lesivo para la psique del
niño, pero quitárselo, aunque sea por unas horas sin que él quiera no es una
buena idea, le predisponemos a que su deseo infantil se eternice.
El chantaje afectivo
Muchos educadores han tenido éxito gracias a la práctica del
chantaje afectivo, valiéndose como no, de su superioridad intelectual
manifiesta. Una de estas formas de chantaje consiste en decirle al niño
que deje el chupete en prenda a los Reyes Magos o al duende Chupetín a cambio
de regalos o de dinero. Los niños suelen abandonar el chupete a cambio de
bienes materiales y en muchos casos hay que recordarles su compromiso y las
consecuencias de no cumplirlo, pero de esta forma la oralidad y todo su entorno
instintivo, afectivo y sexual se condiciona al intercambio comercial. En
estos primeros vuelos del Yo por los campos de la vida, las pequeñas grandes
decisiones quedan grabadas en la memoria como prototipos de lo que va a
ser la vida de aquí en adelante y delimitan las estrategias a seguir para
salir con bien de los problemas cotidianos. Muchos hombres y mujeres se sienten
muy agradecidos a sus parejas sexuales por haberlos elegido entre tantas otras
personas, y es tal la sensación de que la vida les ha regalado ese éxito
sexual inesperado que no se preocupan siquiera por el placer que pueda
brindarles la relación es sí, y al poco tiempo se sienten aburridos sin que
sepan bien cómo explicarlo. Es como si se dijeran: Yo debo renunciar al placer
porque he recibido un regalo.
Sabotear los chupetes
Otros padres y educadores sabotean los chupetes de sus hijos
alterándoles el sabor o la textura, haciéndoles agujeros, cosiéndoles hilos,
mojándolos en vinagre o extraviándolos, con el fin de que el niño abandone su
dependencia con sensación de fracaso y decepción. Esta estrategia favorece
ciertas características de personalidad para la vida posterior muy molestas
tanto para el propio individuo en su etapa de adulto como para quienes les
rodean. Suelen ser favorecedoras de individuos muy desconfiados con el amor,
celosos, inseguros con sus logros y sus metas, desconfiados, pesimistas. Todo
lo que a mí me va bien, en algún momento se derrumbará, parece que
piensan. Pero hay sabotajes muy sutiles, muy civilizados, diría yo. Uno de
ellos consiste en dejarle un solo chupete al incauto niño y confiar en su
incapacidad para ser responsable de la custodia de su tesoro y esperar por
tanto a que lo extravíe, El niño pasará unos días desolado, buscando su chupete
por todos los rincones de la casa, sin sentir la empatía de los padres hacia su
enorme preocupación. Una experiencia de culpa por haber perdido el
chupete unido al sentimiento de incomprensión por parte de los demás perdurará
en él toda la vida.
Mi experiencia
He ido adquiriendo experiencia a lo largo de la vida, tanto a
través de los muchos hijos que el azar y mi propia disposición me han regalado,
y a través de mis pacientes jóvenes y no tan jóvenes, y de sus padres, por
supuesto. He observado muchas veces que una vez llegado el momento de
abandonar el chupete, el niño da señales que avisan de la posibilidad de que su
erotismo oral alcance un grado superior de madurez y el instinto de succión
opte por otros deseos que le emerjan a la conciencia. Lo notamos en su afición
por contar cosas acerca de su experiencia cotidiana, en decir palabrotas, en
imitar voces y acentos ajenos, en gritar, en decir “no quiero”. El poder decir
y el placer que le comporta al niño expresarse y contemplar maravillado el efecto
de sus palabras es un sustituto viable frente a la vida callada que impone el
chupete. Me ha ido bien para ayudar muchos niños a dejar el hábito del chupete
en un momento oportuno, y le ha ido bien a muchas personas que conozco, padres
e hijos: Favorecer el gozo de la palabra en el niño, es decir, escucharle,
reprenderle y rectificarle lo menos posible por su lenguaje, habrá tiempo, y
enseñarle expresiones nuevas que causen sorpresa en los mayores.
¿Y qué hacemos con los chupetes? ¿Los intercambiamos por
mercancías? Saboteamos su uso y su disposición por parte del niño? Propongo
otra alternativa a mi parecer más coherente con la naturaleza del ser humano:
La alternativa del agotamiento del deseo por exceso de estímulos. Sugiero que
durante una semana se le compren muchos chupetes nuevos, se le cuelguen muchos
chupetes al cuello y tratar o al menos no impedir que durante esos días se
harte de chupetes para que sienta el cansancio y la saciedad necesarios para
debilitar el deseo. Mientras lo animamos a hablar y a decir palabras y frases
cargadas de afecto que sorprendan a los mayores. Si el deseo de succión sin
alimento persiste a pesar de que adoptemos esta actitud práctica, es que
por alguna causa el niño no se encuentra preparado para deslizar sus
deseos orales de chupete hacia otros deseos orales incompatibles con la
succión, como hablar y probar sabores desconocidos, tendríamos que estudiarlo
con detenimiento para saber lo que ocurre, pero sabemos que si le hubiéramos
obligado a dejar el chupete muy probablemente descubriría un sustituto en
su dedo pulgar lo cual sería aún peor porque el dedo deforma aún más las
encías, produce más infecciones y de sus propios dedos como es natural no lo
podemos privar. Un caso parecido es el de la adicción infantil a las
golosinas, se le tiene al niño un par de días, a lo sumo tres, a dieta única de
golosinas y se acabó el problema. Lástima que esto no ocurra con las adicciones
de los adultos, pero eso ya es otra cosa y será otro día.
Salvador Crossa Ramírez.
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