Como ya se ha apuntado, la ambientación es el gran punto fuerte de la película: el gran trabajo de producción no sólo pasa por la recreación de una época, sino por plasmar en la gran pantalla esa realidad de descampados, humedades y miseria que eran habituales no sólo en los barrios colindantes de Sevilla, también en las entrañas de una ciudad que, a todas luces, se antoja exenta de normas y complejos. Es patente que el director conoce de primera mano el drama que está narrando, mostrándose firmemente comprometido con ello y desplegando una mirada (excesivamente) grisácea con su tierra natal. Los esfuerzos en este sentido, junto con la sucia fotografía, son notables, y junto con las trepidantes y trabajadas escenas de acción -los cinco primeros minutos de metraje, rodados con el mismo brío y determinación que el resto de este tipo de secuencias, son de infarto-, constituyen lo mejor de una producción en la que la denuncia social nunca dejar de estar en un primer plano. Así, en medio de un trama algo monótona y falta de atractivo, conviene quedarse con el mensaje que subyace a lo largo del film: una feroz crítica a un sistema corrupto -perfectamente exportable a nuestros días- y, lo que es peor, a unos órganos de poder (principalmente policiales) que lo respaldan.
El problema de Grupo 7 es que, a pesar de su frenético comienzo, se hace difícil explicar cuál es la historia que el director nos pretende contar más allá de hacer un retrato, más o menos fidedigno, de este grupo de inhumanos policías. Cierto es que hay, como ya hemos apuntado, gran carga de crítica social, pero este hecho aislado se antoja insuficiente para sostener 90 minutos de metraje. El resultado es tan frío y se antoja tan repetitivo que aleja al espectador de sentir cualquier tipo de emoción auténtica con un relato muchas veces carente del atractivo suficiente y aquejado de una falta importante de fascinación que se le debería exigir a una película con tan altas dosis de acción como esta. Otra de los aspectos que no me han gustado ha sido lo desaprovechado que está el personaje de la refrescante Inma Cuesta (La Voz Dormida -Benito Zambrano, 2010).
No obstante, la dirección funcional del director y la fuerza de sus intérpretes -Antonio de la Torre pinta (acento incluido) admirablemente bien a su personaje y un correcto Mario Casas consiguió ganarse el respeto de una crítica que hasta entonces no lo había terminado de ver con buenos ojos-, sostienen una película que también nos regala algunas escenas emblemáticas como el momento en el que Ángel (Casas), pistola en mano, grita eso de: "¡Somos el Grupo 7!", o el propio fotograma final, toda una declaración de intenciones a la hora de invitar a la reflexión moral, que parece que es lo que verdaderamente ha movido al director a rodar esta película; un director que parece empeñado en cultivar una filmografía tan sólida como comprometida con la realidad social de su país.