Uno de los ejes vertebrales de la trama es la rivalidad que se establece entre Máximo (Russell Crowe), bravo general de los ejércitos, y Cómodo (Joaquin Phoenix, en la mejor interpretación de su carrera junto con la de Two Lowers -James Gray, 2008-), el hijo de Marco Aurelio (Richard Harris), cuando éste designa a Máximo como su sucesor. A pesar de sus excesivos 150 minutos de duración -a la película le sobra media hora- y de estar algo sobrevalorada, es de justifica reconocer el buen desarrollo de la historia de la que hace gala el film, sin que el relato llegue a aburrir en ningún momento, conquistando al personal desde el minuto uno. Precisamente por este motivo terminamos perdonando a Scott: da igual que la historia que subyace en Gladiator ya nos la hayan contado decenas de veces y que vaya irremediablemente ligada a una inevitable sensación de deja-vu, porque el director consigue distanciarse del resto por su impecable factura técnica y su eficaz -y premeditada- hibridación entre realidad y ficción. El resultado es un relato más contundente y poderoso de lo que nos puede parecer; de hecho, aspectos como la codicia, el rencor, amor, compasión, crueldad, piedad, templanza, poder, celos o esclavitud se van entrelazando a lo largo del metraje, demostrando que Gladiator podrá ser acusada de muchas cosas, pero nunca de liviana.
Esta revitalización del género péplum -o, lo que es lo mismo, el cine histórico de aventuras-, es un título contemporáneo imprescindible que en nada tiene que envidiar a algunas de sus compañeros clásicos tipo Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) o Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951). Y es que, aunque Scott carezca de la genialidad de LeRoy y Kubrick, saca el máximo partido al avance de los efectos digitales y las nuevas tecnologías, consiguiendo una exorbitante ambientación de la antigua Roma, que no hace sino trasladarnos de forma instantánea a la época -la recreación del Coliseo o esas explícitas batallas entre gladiadores, por ejemplo, no hubiese sido posible hace 50 años-. Lo que sí comparten todas las producciones citadas es un alto nivel de diálogos, contundentes y precisos, cuyo objetivo principal es el de, además de dotar de emoción al conjunto, mostrar la grandeza de la capital de Italia al tiempo que nos ofrece todo su proceso de decadencia. Frases como: "lo que hacemos en vida tiene su eco en la eternidad", han quedado para la posterioridad.
Ganadora de 5 Oscar -Película, actor, vestuario, sonido y efectos visuales-, Gladiator es a la primera década del S.XX lo que Braveheart (Mel Gibson, 1995) supuso al cine en los años 90 del siglo pasado: un título contemporáneo imprescindible, a pesar de que contenga más gazapos históricos de los permitidos -la utilización de estribos, la propia muerte de Máximo y Cómodo-. Scott, en resumen, se reafirmó como un hombre orquesta capaz de ofrecer su particular visión fílmica a un proyecto de grandes magnitudes -cámara lenta, excesivos movimientos de cámara, una prescindible estética de videoclip-, persiguiendo siempre su principal objetivo: emocionar al personal. Y lo consigue.