Resumen
En
este artículo se estudia la creación de la cátedra de agricultura de Llerena a
cargo del franciscano Miguel Pérez Caballero y Ronquillo después de la guerra
de
Introducción
La cátedra de agricultura de Llerena
supone un ejemplo de esfuerzo personal en la época post-ilustrada a favor del
fomento agrícola. El protagonista fue Miguel Pérez Caballero y Ronquillo,
franciscano del convento de San Buenaventura de dicha localidad. Además, esta
iniciativa permite comprobar cómo algunos miembros de
El
protagonista
Miguel
Pérez Caballero y Ronquillo fue rector en filosofía y colegial de San Pedro y
San Pablo en
La
iniciativa
Nuestro protagonista solicitó al rey en
un memorial del mes de julio de 1815 la aprobación para abrir una cátedra de
agricultura en Llerena sin sueldo ni pensión alguna[ii].
Como la respuesta tardaba volvió a elevar un nuevo memorial el 30 de noviembre
del mismo año, expresando que deseaba enseñar a sus convecinos de forma
gratuita. Por fin, el secretario Cevallos remitió este último memorial a
“Careciendo los labradores de principios y
disposición para el estudio abstracto, es forzoso que las nociones de su
profesión les entren por la vista, supuesto que no leen y aun cuando leyeran no
las adquirirán por este medio”.
Aunque
el catedrático no recibiría salario alguno, no cabe duda que la cátedra
generaría gastos, especialmente los derivados de los experimentos. La tercera
cláusula trataba de este asunto, pero sin establecer de dónde iban a sacarse
los fondos que sufragasen los instrumentos indispensables y las semillas; lo
único que se ordenaba era que debía ser de la forma menos onerosa.
La
última condición se refería a la necesaria protección de la institución por
parte de las autoridades de la localidad.
El
intendente de la provincia se reunió con los peritos de la ciudad junto con el
nuevo catedrático para que se reconociesen los terrenos que pertenecían al
concejo con el fin de establecer la cátedra. Pero como no se había dotado de
ninguna fuente de ingresos el proyecto se paralizó.
Nuestro
protagonista se forma
Ante esta situación de parálisis del
proyecto de la cátedra de agricultura, Miguel Pérez aprovechó el tiempo para
completar su formación y esta vez de una forma reglada y no autodidacta como
había hecho hasta ese momento. Marchó a Madrid y permaneció en la corte el
segundo semestre del año 1816 con el fin de asistir a las clases de Antonio
Sandalio de Arias en el Jardín Botánico. Aprendió su método pedagógico, se
interesó por las prácticas agronómicas y por los aperos, especialmente por el
nuevo trillo inventado en Valladolid. Estuvo poco tiempo pero lo aprovechó, sin
lugar a dudas, porque también asistió a las clases de Mariano Lagasca y de
Simón de Rojas Clemente en la parte botánica[iii].
Nueva
fase del proyecto
Al
regreso, Caballero y Ronquillo intentó acelerar la apertura de la cátedra,
obteniendo una real orden de 16 de diciembre que pretendía ser una solución
provisional hasta que se arbitrasen fondos estables para toda la enseñanza en
el país. La cátedra se sostendría con una exacción anual de 250 reales por cada
pueblo de los cuarenta y cuatro que tenía el partido de Llerena. Dicha cantidad
se sacaría de los fondos de propios o de la aportación de algún vecino que se
matriculase en la cátedra, concediéndosele en contrapartida el privilegio de no
participar en el sorteo de las quintas. Este privilegio sólo se podría otorgar
a un solo sujeto por cada pueblo y por espacio de tres años, siempre y cuando
se prorrogase la cantidad ofrecida cada año y diese lógicas muestras de
aprovechamiento en el estudio, para evitar que fuera una manera de comprar una
exención. Si hubiera más de un aspirante a este privilegio, se establecería una
especie de subasta, ganando el que ofreciese más dinero hasta un tope de 1.000
reales, cantidad que se podría rebajar en los años siguientes cuando la cátedra
estuviese surtida de lo necesario. En última instancia, si hubiera más de un
vecino que ofreciese dicha cantidad, decidiría la suerte.
La
cantidad total ascendería a 11.000 reales, que saldrían de la suma de todas las
contribuciones del conjunto de los pueblos de Llerena. Por la nueva orden el
catedrático recibiría 3.300 reales, es decir, que ya no enseñaría de forma
gratuita. El resto se distribuiría de la siguiente manera: 2.400 reales para el
pago del alquiler del local, 1.100 reales para el presupuesto de gastos de
escritorio, y los 4.200 reales restantes para compra de semillas y aperos. Las
cuentas debían ser rendidas por el catedrático ante el Departamento de Fomento
del Reino, que se convertía en la institución de quien dependería la cátedra.
La
real orden de fines del año 1816 es más importante aún porque, además de
intentar garantizar la financiación de la escuela, estipulaba que las materias,
método de enseñanza y horarios debían recogerse en un reglamento interior de
cuya elaboración tenía que responsabilizarse el catedrático. En dicho
reglamento se dispuso que el curso se dividiría en dos etapas: la primera
comprendería desde principios de febrero hasta finales de mayo, y la segunda
iría desde el primero de septiembre hasta finales de noviembre. Las clases
teóricas se impartirían los lunes, miércoles y viernes, desde las diez de la
mañana hasta las doce del mediodía, y desde las tres hasta las cuatro y media
de la tarde. Para las clases prácticas no había horario fijo, seguramente,
porque dependería de la tarea agrícola a experimentar.
El
difícil comienzo
En
el primer curso se matricularon tres alumnos que pagaron 250 reales cada uno,
cantidades que sirvieron para arrendar el local donde se iban a impartir las
clases pero que era, a todas luces, insuficientes para disponer de un terreno
de regadío y de secano para los experimentos y prácticas. Caballero se quejó de
la nula colaboración de los pueblos del partido para poder completar la
financiación necesaria. De nuevo, se dirigirá a la corte con la petición de que
se tomasen medidas oportunas. Algún efecto tuvo que tener porque la cátedra
comenzó su andadura.
Cuando
se puso en marcha el expediente de las cátedras promovido por
Aportaciones
agronómicas de Manuel Pérez Caballero y Ronquillo
Nuestro
protagonista escribió sobre algunas cuestiones agronómicas, concretamente, acerca
de la enfermedad de los olivos conocida como hollín y, también una memoria
relativa a la rabia, enfermedad de los garbanzos.
[i] MONTAGUT CONTRERAS, EDUARDO, “La enseñanza de la
agricultura en la crisis del Antiguo Régimen”, en Torre de los Lujanes, nº 40, (1999), págs. 197-248.
[ii] A.R.S.E.M. (Archivo de
[iii] A.R.S.E.M. legajo 245/1
[iv]A.R.S.E.M., legajo 282/40.
[v]A.R.S.E.M.,
libro de archivo A/110/41, junta de 1 de febrero de 1817.