Hace
algunos días caminaba por la peatonal de Córdoba, cuando descubrí con alegría
que contamos con una nueva librería en la ciudad, hecho que me agradó sobremanera
porque este tipo de emprendimientos
relacionados a la Cultura con mayúscula, y en especial a las Letras, no abundan demasiado
Ahí me encontré
con una buena cantidad de libros de muy
variados temas y autores, pero el que motivó mi reflexión, fue “La Revolución de la Esperanza – Hacia una
tecnología humanizada” - de Erich Fromm.
El título ya es
bastante sugerente, y uno se pregunta: ¿se puede seguir escribiendo sobre la
esperanza en esta época?. ¿Por qué hay
que humanizar la tecnología? ; ¿qué se
nos fue de las manos?;
Inevitablemente nos viene la imagen de algunas novelas o ensayos de “Ciencia
Ficción”, como las de Un mundo feliz de
A. Huxley, o 1984, de Orwell, y
legendarias películas como Tiempos Modernos o Metrópolis.
Fromm. plantea un
tema muy polémico por estos días, relacionado
a la trampa en que caemos los integrantes de esta sociedad de consumo,
respecto a la necesidad, (un poco interna, y otro poco creada por los medios),
de poseer bienes materiales, y por otro lado, la permanente queja e
insatisfacción en que estamos sumidos.
Esta contradicción
que se hace más evidente en los adultos, esta angustia existencial del querer
tener, y una vez logrado, seguir
experimentando la herida abierta de que algo, igual me sigue faltando y
que nada colma, ese estado de
insatisfacción permanente, esa queja constante de aburrimiento, de no saber qué
hacer, de no tener ganas, que tanto nos molesta en el discurso y actitudes de
los niños y adolescentes de hoy, en realidad, es una semillita que hemos
sembrado los adultos. Recordemos, que somos su mejor y su peor espejo.
“La creciente insatisfacción con
nuestra actual forma de vida, con su pasividad y su silencioso aburrimiento, su
abolición de la vida privada y su despersonalización, aunada al ansia de una
existencia dichosa y significativa, que responda a esas necesidades especificas
desarrolladas por el hombre durante los últimos milenios de su historia y que
lo hacen diferente tanto del animal como de la maquina computadora. Esta
tendencia es muy fuerte porque la clase opulenta de la población ha gustado ya
de la plena satisfacción material y ha descubierto que el paraíso del
consumidor no da la felicidad que promete. El pobre, dice Fromm, desde luego no ha
tenido oportunidad alguna de
descubrirlo, excepto observando la falta de alegría de aquellos que “poseen todo
lo que un hombre podría desear”.
Hasta las ideologías y los conceptos
han perdido mucho de su atractivo, así como los clisés tradicionales de
“izquierda” y “derecha” o “comunismo” y
“capitalismo” han perdido su significado.
“Los individuos buscan una nueva
orientación, una nueva filosofía, que tenga por centro la prioridad de la vida
– física y espiritual – y no la prioridad de la muerte.”
Cuando los papás
nos consultan por un niño entre los 5 y los 11 años que no quiere ir a la escuela
primaria, que no quiere estudiar ni hacer tareas que tengan que ver con
aprender cosas nuevas, que ni siquiera se motiva en ir a la escuela como lugar
de reunión y socialización con otros chicos, nos preocupa más, que el
encontrarnos con algún trastorno de lenguaje, o dificultades en las matemáticas.
Saben por qué? Porque la motivación, la
alegría de vivir, la alegría de conocer, de dominar la lectura y el cálculo para acceder a todo un universo de
conocimientos y aventuras, no se enseña, por lo menos con los métodos de
educación y reeducación tradicionales.
La alegría de
vivir, compartir y saciar la curiosidad
del niño y el adolescente, se contagia.
¡Sí, se contagia!
Se trasmite con el ejemplo y no con el discurso, con la pasión con que nuestro
hijo nos ve resolver un problema, escuchar atentamente una conversación, leer
un libro, pedir disculpas cuando nos equivocamos, ser solidarios con nuestros
semejantes, discrepar con respeto en una
discusión con los amigos.
Es un importante
“virus” que deberíamos inocular los adultos, próximos al niño: padres, docentes, amigos, desde las primeras
etapas de su vida.
Hace
algunos días, una mamá me contaba fascinada de su última adquisición tecnológica,
un columpio digital. Tú colocas al chico,
me explicaba, dentro de una bolsa de
tela con orificios para que cuelguen las piernitas del bebé, aprietas un botón
y el columpio hamaca automáticamente al niño a diferentes velocidades, acompañado
si quieres de música funcional, solo apretando otro botón…, y como broche de oro, puedes disponerlo
justo frente a la TV y allí, el niño estará siendo mecido, arrumacado, y
cantado por su mamá electrónica, viendo las mejores secuencias de dibujitos con
personajes de formas nada humanas que se lanzan unos sobre otros violentamente,
que gritan estrepitosamente, teniendo
que salvar al mundo de algún villano o de
la amenaza de una explosión nuclear.
La cultura
icónica.
Ya lo
he planteado en otros artículos publicados, que la cultura icónica en la que se
mueven los niños y adolescentes de hoy, acaba por transformar sus gustos, sus
hábitos perceptivos e incluso sus procesos mentales, convirtiendo en obsoletas
e ineficaces muchas de las formas de comunicación utilizadas tradicionalmente.
Esas
modificaciones perceptivas, afectan no sólo a la aceleración en la estimulación
sensorial, sino también a la exigencia de la calidad de los estímulos, y esto
nos lleva a caer abruptamente en el consumo, - cada vez demandamos más y mejor imagen - ,
mejor calidad de sonidos, nuevos equipos
de audio y nuevas computadoras se
vuelven rápidamente “antiguas”.
Ya hemos
señalado en otro artículo, resultados de investigaciones recientes que han
aportado información, acerca de los riesgos que tiene el pasar muchas horas
frente a la Tv para niños y adolescentes, en especial, cómo altera sus niveles
de atención, la regulación de la conducta y compromete sus aprendizajes.
Leche y miel.
Fromm,
nos enseñaba en su hermoso libro “El Arte de Amar”, que La mayoría de las madres son capaces de
dar "leche", pero sólo unas pocas pueden dar "miel".
¿Qué significa
esto?
Fromm
decía:
“Para estar en condiciones de dar
miel, una madre debe ser, no sólo una "buena madre" sino una persona
feliz -y no son muchas las que logran alcanzar esa meta-.
No hay peligro de exagerar el efecto
sobre el niño. El amor de la madre a la vida, es tan contagioso como su
ansiedad.
Ambas actitudes ejercen un profundo
efecto sobre la personalidad total del niño; indudablemente, es posible
distinguir, entre los niños -y los adultos- los que sólo recibieron "leche"
y los que recibieron "leche y miel”.
Yo me pregunto y les pregunto,
parafraseando a un conocido periodista, que se necesita algo más que sentido
común, para darnos cuenta que no es lo mismo ayudar a crecer a un bebé y a un
niño, desprovisto del contacto humano, de unos brazos que lo abracen y acunen
cálidamente, de unas manos que mesan suavemente su cuna o su columpio, o de la
privación de la melodía inconfundible de la voz materna o paterna cantando una
canción de cuna….
Esta experiencia humana, es irrepetible
y nos marca para siempre. Si me preguntan dónde está la génesis de las ganas de
vivir, de la esperanza, de la confianza en que vivir vale la pena, que
desarrolla un ser humano, les diría que está
ahí, en esas primeras experiencias e interacciones entre un bebé y su madre o
su padre. Experiencias que nos marcan para toda la vida, que modelan nuestras
actitudes, nuestra disposición a ser “espectadores” o “actores” en el escenario
humano, y que se cristalizan en recuerdos.
¿Y qué es Recordar?... como nos señala
el escritor uruguayo Eduardo Galeano, recordar viene del latín “re- cordis”, y
quiere decir, volver a pasar por el corazón…
Dra. Silvia Pérez Fonticiella
CONSULTORA EN NEUROCIENCIAS
Prof. Mario Valdez
NEUROPSICOLOGÍA DEL LENGUAJE
Córdoba - Argentina