Sin embargo, esta segunda entrega presenta notorias diferencias respecto a Agente 007 contra el Dr. No: en primer lugar, la acción se aleja de los parajes exóticos que tan directamente se identifican con el espía británico y pasa a desarrollarse en la capital de Turquía, Estambul, una ciudad que aparece bien explotada y en la que el director parece empeñado en sacar el máximo jugo posible, otorgando a emblemáticos monumentos como el templo de Santa Sofía un peso relativamente importante en la narración. En segundo lugar, James Bond aparece nuevamente secundado por una despampanante mujer, otra de sus señas de identidad, aunque en esta ocasión se prescinde de Ursula Andress y se apuesta por una Daniela Bianchi que, a pesar de sus esfuerzos, no logra la conexión y la química que logró la primera con el seductor agente. No obstante, la presencia de Bianchi garantiza que el nivel de sensualidad y erotismo que también caracterizan a la saga, quede más que asegurado, reforzado por unos títulos de crédito y una danza del vientre que van muy en la línea con la identidad de las películas de James Bond. Asimismo, los responsables de las aventuras optaron por contextualizar la historia en un ambiente más realista, apartándose de los ambientes futuristas y fantasiosos que impregnaron la primera cinta, haciendo constantes referencias a la Guerra Fría o al espionaje inglés. De hecho, para ejemplificar este último apunte, encontramos al agente turco Kerim Bey (interpretado por un Pedro Almendariz que padecía un cáncer en fase terminal), uno de los personajes más inclasificables de todas las aventuras de 007.
A pesar de la hábil mezcla de thriller, humor, acción, contexto histórico o por fundar un territorio tan poco explorado como el de los espías secretos, lo cierto es que me sucede algo curiosos con los films de James Bond en general y con Desde Rusia con Amor en particular: nunca sé en qué género clasificarlas. No contiene las escenas de acción suficientes para que pueda ser catalogada como tal, tampoco es un thriller en el sentido más estricto de la palabra y, en materia de espionaje, este hecho tan sólo se usa como telón de fondo de la trama. Por tanto, el gran mérito de la película estriba en que terminó de crear un estilo propio, una idiosincrasia particular y un cosmos único que, dada su eficacia, fue imitado posteriormente hasta la saciedad.
Con un imponente acompañamiento sonoro y con más altas cotas de suspense, adrenalina y entretenimiento que la primera entrega -ahí están la secuencia del tren o la del helicóptero, un claro homenaje a Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), para atestiguarlo-, Desde Rusia con amor consigue, a pesar de su narración a trompicones y su embrollado argumento, una ficción más que digna que, como hemos apuntado, supera a la original en muchos aspectos, hasta en algunos tan aparentemente livianos como unos gadgets -ese maletín multiusos o ese rifle desmontable- tan adorables como el hecho de que el cine británico volviese a demostrar que podía conseguir el mismo impacto -y calidad- que el americano.