Independientemente de las evidentes iniquidades de la
campaña electoral, del abuso de los medios de comunicación públicos, del
chantaje llevado a cabo con algunos programas sociales que hubieran hecho
sonrojar a cualquier seguidor de López Labrador; independientemente del salto
de talanquera del diputado Ojeda, la candidez nefasta de un Juan Carlos Caldera
y las fotos traicioneras del tarjetón electoral; independientemente de la
confusión creada por las sonrisas autosuficientes de Briquet y Aveledo y de que esto haya
promovido todo tipo de rumores sobre un fraude electoral ante la inexplicable
voltereta a última hora de los números; independientemente de estos y otros factores
semejantes –ya de por sí perturbadores–, los que no compartimos el proyecto del
presidente deberíamos entender de una vez por todas que el chavismo no es un
fenómeno precisamente sencillo; que no sólo influye la personalidad de su líder
y la forma cómo se ha sembrado ésta en el imaginario de un pueblo continuamente
en busca de mesías que le recuerden las hazañas de los padre de la patria, sino
que ha sido imprescindible para su consolidación esa especie de artefacto
lingüístico que aquél utiliza, basado en la confrontación y las diferencias, al
otorgarle a ciertos grupos sociales una nueva identidad, un lenguaje particular
y por tanto una causa política.
Ese entramado lingüístico se ha podido construir a partir de la diferencia con el otro, por lo que este otro diferente siempre será necesario para
este tipo de discursos. Esto ha logrado proporcionar a ciertos grupos de
ciudadanos una especie de nueva identidad –como quizás antes lo logró AD en el
trienio 45-48– que va más allá de la simple identidad nacional. La ventaja de este nuevo signo identitario es
que en un mundo tan cambiante, pero paradójicamente tan homogéneo en gustos y
preferencias como el actual, logra proporcionar también un lenguaje que sirve
para enfrentar las diversas situaciones cotidianas y encontrarle sentido al
mundo. Estas ideologías que logran facilitar identidades completas a partir de
la confrontación y la diferencia, prenden fácil en la mente de los ciudadanos y
son por ello mismo difíciles de vencer y superar, como quedó demostrado con las
surgidas en la primera mitad del siglo pasado en Europa o con el mismo
peronismo argentino. El chavismo no es
una ideología –y uso el término con toda intención– que tenga a su base la unión y el espíritu de la nación; ella es en sí
misma confrontacional y ha servido no sólo para que algunos ciudadano comunes
logren ocupar un nicho en este mundo tornadizo, sino que fundamentalmente lo
hagan aquellos que no pertenecen precisamente
a una clase social producto del intercambio económico, como los sin casa, los
buhoneros, los desempleados, etc. A todos ellos les ha otorgado la ilusión de
que pueden influir en las decisiones gubernamentales y participar en el poder
político, aunque esto no sea precisamente así.
(Un ejemplo extremo de lo que llevo dicho podría ser la
confrontación creada en Ruanda entre los hutu
y los tutsi, dos grupos que tienen la
misma procedencia étnica, la misma religión y la misma lengua, pero cuyas
diferencias manipuladas artificialmente por los antiguos colonizadores belgas y
los políticos, han terminado siendo irreconciliables).
En todo caso, a partir del día domingo quedó demostrado que los valerosos jóvenes que ahora lideran la oposición no deberían descuidar estos aspectos ideológicos u ocuparse sólo en ofrecer soluciones a los problemas inmediatos (inconveniente con la luz, el agua, etc.), como parecen sugerirle continuamente ciertos medios de comunicación social y algunos políticos advenedizos.