Esta
va a ser la primera de varias entregas dedicadas a esta cuestión que considero
de gran relevancia para entender que los cambios de fundamentación del sistema
en el que vivimos es posible.
Nuestra sociedad occidental es una de las pocas civilizaciones que ha tenido, en su desenvolvimiento, un proceso interno de deslegitimación. Occidente comienza su andadura histórica como Cristiandad, y nace allá por los primeros siglos de nuestra era, en el espacio del Imperio Romano, desarrollado a expensas de Roma y cuando ésta cae, la crisálida levanta el vuelo, quedando convertida en una multiplicidad de reinos bárbaros comenzando así su vida histórica.
El
cristianismo forma y modela a esos salvajes pueblos, que han invadido el viejo
Imperio, y crea con ellos, y con los restos romanos, una civilización
cristiana. Pasan los siglos, y aquella sociedad se extiende, conquistando y
cristianizando a vikingos, irlandeses, sajones, magiares y eslavos, pero a
diferencia de casi todas las demás, comienza a cuestionarse a sí misma, y esto desde
Lo
extraño era que lo hicieran. ¿Por qué lo hicieron? Lo
desconocemos, o al menos no hay aún una teoría clara al respecto. Si ellos
formaban parte del entramado legitimador de la sociedad en la que vivían, ¿Cómo
podían oponerse a sí mismos? ¿Qué extraña fuerza les impulsaba en esa
dirección? Nadie lo sabe, pero el caso es que de entre las filas de los
clérigos cristianos, surge, poco a poco, una especie de élite de escritores
insatisfechos con la sociedad en la que viven, y a la que ponen en entredicho.
Uno de los más conocidos fue Guillermo de Ockham, un monje inglés del siglo XIV.
El inventor del nominalismo (doctrina filosófica según la cual
los universales o conceptos generales son simples términos abstractos que
designan conjuntos más o menos vastos de realidades individuales). Lo que este
pensador hace es genial. Rompe la unidad de filosofía y teología que tan
trabajosamente había elaborado Santo Tomás, y las separa, dando lugar, de
golpe, al mundo moderno.
Y es que
el Santo de Aquino había conseguido cristianizar a Aristóteles, había
conseguido hacer a la filosofía griega aprovechable para la sociedad
cristiana. De esa manera la cultura clásica podía verterse en el seno de la
opaca, oscura, ignorante y pobrísima sociedad de Europa sin poner en
cuestión sus principios.
Pero esa síntesis, ese equilibrio, se rompe con Ockham. Y lo más curioso es que los clérigos de ese tiempo apoyan a Ockham contra Tomás. ¿Por qué? Todo este proceso está envuelto en la más extraña de las paradojas. Se asiste a una sorprendente pirueta mental. Toda la intelectualidad de una determinada sociedad se pone en contra de los principios en los que vive. Y se lanza a buscar otros.
¿No les parece que nos encontremos en una situación muy similar a la de aquellos monjes?