El propósito de este artículo es reflexionar en torno al gobierno
panista que emergió después del 2 de
julio del año 2000. De tal manera que la presente interpretación se recrea en
el contexto de una obligada comparación entre un gobierno que se
institucionalizó con la aparición del PNR (a partir de 1946 PRI) un partido
fundado por el entonces “jefe máximo” de la Revolución Plutarco Elías Calles y que
monopolizó el poder durante 71 años; y un nuevo partido en el poder a
partir de diciembre del 2000 cuyo candidato se cobijó bajo la bandera de un
“cambio” impulsado por una pretendida eficacia empresarial que ofreció resolver
la crisis.
Por lo tanto, la continuidad de un proyecto de nación de corte
notoriamente neoliberal, excluyente de las mayorías, con medidas antipopulistas
y recesivas inherentes a la propia naturaleza del neoliberalismo; y la
ideología pragmática del gobierno de Vicente Fox, fueron dos ejes siempre
presentes en sus actos de gobierno. No obstante, que la interpretación más recurrente
sobre la transición política mexicana sea la evolución de un proceso electoral
cada vez más apegado a los principios formales de la democracia, aunque esta
democracia parta de las limitantes, y hasta las deformaciones, de un sistema
que posibilita a una élite monopolizar el poder y marginar a las mayorías en
los procesos de toma de decisiones.
En el gobierno de Vicente Fox
esta élite fue la de los empresarios, el nuevo presidente armó una especie de
gabinete gerencial, los secretarios de estado, actuaban más como gerentes
empresariales que como funcionarios federales (con excepción de Santiago Creel
en Gobernación y Francisco Gil Díaz en Hacienda), todos subordinados de Fox que
actuaba como el Presidente del Consejo de Administración de una gran empresa
(México), y no como Jefe de Estado y de Gobierno de un país cuya Primera
Magistratura no pudo llenar, le quedó
grande el puesto de presidente de México entre otras cosas por su falta
de preparación académica, su ostensible ausencia cultural y personificar a un hombre visiblemente iletrado; el llamado
“gobierno del cambio” frenó la transición a la democracia, Vicente Fox no sólo ridiculizó en lo externo
a México, sino también en lo interno, pues demostró notoriamente sus
contradicciones políticas entre la realidad formal y la realidad material: su
gestión estuvo llena de múltiples anomalías, desvíos del erario, latrocinio,
peculado, ausencia de obras, cohecho y numerosos otros actos de corrupción.
Vicente Fox mostró también un marcado conservadurismo por lo que toca a
su apego a los principios de la Iglesia católica, fueron explícitos desde que
era gobernador de Guanajuato, pues siempre demostró su interés por hacer
pública su fe y devota práctica católica, rompiendo con ello el principio del Estado
laico.
Así, los hechos concretos que sugieren un alto grado de ineficiencia del
ex presidente Fox se observaron a lo largo de todo su sexenio; el gabinetazo no
funcionó fue un fiasco, su jefe, “el
presidente sin historia y sin
destino“, fue un fraude que aún pesa
sobre la ciudadanía nacional, un presidente improvisado por el PAN y que
terminó alejado de su partido, un mandatario que camino por el derrotero de la
rendición de cuentas a la oscura manipulación de cifras multimillonarias
surgidas de las arcas nacionales.
Ese fue el gobierno de Fox, un hombre que gobernó los órganos de un
cuerpo social cuyo estado de putrefacción se mantuvieron soterrados bajo un
diagnóstico bastardo de apariencia saludable. La ética y el compromiso
democrático con mi sociedad y tiempo histórico no me permiten ser cómplice de
semejante diagnóstico.