Cuando
Colón, que hasta los 46 años logró convencer a los reyes de Castilla y de
Aragón para que le ayudasen a su empresa y que vino a hacer del hallazgo de
América la obra de la decadencia de su vida, debió renacer en la mocedad de aquel hombre, con
quien seguramente cruzó diálogo de melancolía y de tristeza, encendidos de íntima fe, sobre el puente de una carabela,
bajo la luz de los diamantes que vigilan las noches de América, con la sal del
mar sobre los labios y el corazón en saltos de aventura.
Aquellos
debieron ser momentos de placer inesperado en la vida del almirante.
En
el descubridor debe ocurrir algo parecido a lo que pasa en el caso de los
inventores, que es en los momentos
febriles de la intuición, de la hipótesis,
del hallazgo, de la comprobación, cuando se suman a las horas mejores de su
existencia. Pero el descubrimiento de América, junto con la invención de la máquina, suele no ser sino un monótono compás de melancolía el que marca los
minutos, las horas, los días de quien inventa o descubre.
Colón
sabía muy bien a qué reyes estaba sirviendo y trataba de guarecerse en las sagradas escrituras para
salvar no tanto el alma, como el pellejo. Por eso el fondo melancólico en las
palabras de sus profecías: “ya dije que para la ejecución de la empresa de las
Indias no me aprovechó razón, ni matemática, ni mapamundis; llanamente se
cumplió lo que dijo Isaías”.
Lo
que hizo el almirante fue tomar la esfera real y colocarla sobre la mesa de los sabios, para que éstos miraran
absortos. De Colón para acá, al sabio se le representa delante de un globo
terrestre. El 3 de agosto de 1492 salió Colón del puerto de Palos; es una
historia sin historia, y la historia sin historia es un contrasentido. Empero,
el viaje de Colón no abre la historia del descubrimiento de América, sino la de
su conquista. Descubrir es una tarea infinitamente más larga, difícil y
delicada que conquistar. Es obra finísima de inteligencia, de astucia, de
disimulo, de lupa. Conquistar es un acto único de dominio. Es descargar el
brazo imperial sobre una nación débil. El descubrimiento es una empresa de la
inteligencia, la conquista una empresa de las armas. Del descubridor al
conquistador existe la misma distancia que va de un estudiante aun soldado, de
un universitario a un sargento, de un científico a un general. La vida
pone esos márgenes de ironía que bordean las páginas de la inteligencia.
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