A manos de Billy (Zach Galligan) llega una pequeña y peluda criatura, denominada mogwai, que recibe a cambio de proporcionarle los cuidados pertinentes. Pero hay tres reglas vitales que, de incumplirse, podrían tener efectos irreversibles: no exponerlo bajo la luz solar ni cualquier otra luz brillante, evitar su contacto con el agua y, por último, no alimentarlo pasada la medianoche. Pero cuando Billy empieza a experimentar con él -mostrándose, por tanto, incapaz de hacerse responsable de algo tan serio como es una mascota-, de la adorable criatura empiezan a surgir todo un ejército de minúsculos seres gamberros y destructivos que desatan el caos en la ciudad. Esta moraleja, acompañada de cierto tinte ecologistas, queda patente de forma explícita en el magistral discurso final del vendedor del mogwai, y favorecen para encumbrar al film a la categoría de título de culto.
Este gran éxito de taquilla de la década de los 80 ocupa un lugar destacado en la historia, a pesar de estar un tanto infravalorada y haber tenido que soportar sobre sus hombros el peso de pésimas (y tardías) secuelas, por ser una de las muestras de entretenimiento más recomendables para toda la familia. A pesar de que el primer cuarto de hora actúe como contrapeso en una obra francamente ágil y divertida, Dante captura la mayor parte de la esencia del cine de aventuras y fantástico que tanto gusta a la productora Amblin, de Spielberg: la lucha del bien contra el mal, los jóvenes enfrentándose a una amenaza, trepidantes escenas de acción, el final feliz, una familia típicamente americana (perro incluido, como ya sucediera en Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), otro título emblemático) y, especialmente, el extraordinario diseño de unas criaturas que, en sus dos versiones -la dulce y la malvada- resultan igual de entrañables. Es de justicia, pues, reconocer el mérito al equipo artístico del film, que lograron convertir a unos seres, a priori insignificantes, en los rostros más significativos del cine de los 80, al tiempo que nos regalan algunas de las escenas más iconográficas de todo el historial Spielberg como el enfrentamiento en la cocina de la madre del protagonista contra los Gremlins o la maravillosa estampa pop de todo un cine abarrotado de estas extrañas criaturas pasándoselo pipa viendo Blancanieves.