Uno de los puntos fuertes de esta coproducción entre España, Alemania, Suiza e Italia es el gran partido que logra sacar de sus extraordinarias localizaciones, hasta el punto de que no sólo constituyen una de las piezas más angulares de la narración -la gran fuerza simbólica del mar, esas calles de Suiza que pasan de brillar a, posteriormente, quedar vacías...-, sino que además hacen que la película pueda presumir de un cierto aire documental que no hace sino aumentar notablemente el interés de la propuesta y desmarcarse de sus rivales. Tremendamente ágil y dinámica, y tan mimada como cada uno de los platos de alta cocina que se preparan en el film, este ejemplo de cine gastronómico, destila la sensación de que ningún detalle es baladí, dando como resultado una obra que, casualmente, funciona con la precisión de un reloj suizo y que no dura más que lo estrictamente necesario: unos genialmente aprovechados 90 minutos repletos sutiles silencios, de reveladoras miradas, de alegóricos fotogramas y una pasmosa sencillez. Si a esto sumamos que la obra pone freno al sentimentalismo barato y se muestra comedida en la búsqueda de la lágrima fácil, podemos establecer que Bon Appétit no sólo dignifica un género tan denostado como el romántico, sino que además actúa como un bálsamo que provoca una enorme sensación de bienestar en el espectador.
Apoyado en una pareja protagonista convincente -Unax Ugalde vuelve a demostrar por qué es uno de los actores con más matices del cine español- y sin necesidad de recurrir a escenas de sexo que a menudo enturbian el resultado final de una obra, el largometraje de Pinillos también destaca por su hábil mezcla de drama -los minutos en el hospital, de gran intensidad- con unas ráfagas de humor que, en cierta medida, aligeran el drama que vive un protagonista que tiene tan mala suerte como cualquiera de los mortales y hacia el que, por tanto, es fácil empatizar. La ¿love story? de la pareja protagonista se ve respaldada por una música intimista, con ingeniosas frases de guión ("en la vida tenemos los ingredientes que nos han tocado y es inútil decir que no se puede hacer nada: hay que improvisar") y, sobre todo, por esa atmósfera de delicada porcelana que barniza cada una de las escenas. Una de esas joyas cuyo incalculable tacto y su marcada autenticidad bien podría ser comparable con su homóloga Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995) y su secuela, Antes del atardecer (2004).
Gran triunfadora del Festival de Málaga -donde conquistó el Premio Especial del Jurado y el de Mejor Guión- y galardonada además con el Goya a la mejor dirección novel, Bon Appétit se digiere fácilmente y seguirá, durante mucho tiempo, en el paladar de quien tenga el privilegio de degustarla pero, sobre todo, de saborearla.